Buscar refugio en la historia. Charlando con Bernd Brunner

Mallarmé se refería al invierno en su poema Las cuatro estaciones como una «estación de arte sereno, lúcido». Sin embargo, para muchas personas este periodo del año es sinónimo de tristeza y depresión, de recogimiento, de frío extremo, de oscuridad. El invierno, dicen, afecta negativamente al estado anímico. ¿Es eso cierto? No estaría tan seguro. No lo estoy o, emulando a Bartleby, I would prefer not to, es decir, preferiría no hacer tales aseveraciones; quizá, en parte, porque siempre me he sentido atraído por el invierno, por ese ambiente gélido y esos parajes níveos.

Cuando me llegó el boletín de novedades de Acantilado para el primer trimestre del año no pude evitar fijarme en el título que hacía referencia, precisamente, al invierno. Sentí una atracción irremediable hacia él, y ese interés aumentó al comprobar quién estaba detrás de su traducción: José Aníbal Campos.

Dejando a un lado la autoría, hay quien se fija en las portadas de los libros, en la calidad del papel o en su tamaño. Yo no puedo evitar fijarme en quién traduce aquellas obras que me permiten establecer un diálogo privado con personas de otras lenguas y de otros tiempos. En este sentido, y teniendo en cuenta que Aníbal es, además de un excelente traductor del alemán, un activista cultural de primer orden, sentí la llamada de adentrarme en el ensayo de Bernd Brunner Cuando los inviernos eran inviernos.

Este libro, tal y como puede leerse en la breve sinopsis que ofrece la editorial en la contraportada, considera el invierno desde múltiples perspectivas—histórica, biológica, antropológica—, pero lo hace con preciosismo y con rigor, logrando que el lector quede atrapado por una mágica atmósfera, deslumbrado por esa imagen que provoca la nieve virgen, el suave tintineo de una campana, el viento acariciando un rostro. Leer estas páginas es profundizar en un modo de vida, pues Brunner captura la esencia de esta estación como otrora hicieran los músicos y artistas románticos decimonónicos. Con él hemos podido conversar gracias al buen hacer de Aníbal Campos, a quien le agradecemos esta oportunidad de unirnos.

Pregunta: Como bien afirma en su ensayo Cuando los inviernos eran inviernos (Acantilado), la humanidad siente predilección por los ambientes más cálidos que rezuman vida, esplendor y color. Nos sentimos atraídos por esos territorios que incluso consideramos exóticos. No obstante, queda demostrado en su libro que el invierno posee una singular belleza. Mi primera pregunta sería: ¿cuál fue el detonante para que quisiera dedicar un estudio y posterior libro a esta estación del año?

Bernd Brunner: Aparte de los recuerdos que conservo de algunas experiencias invernales muy intensas, un papel importante lo jugó la sensación de que, desde hace tiempo, las diferencias entre las estaciones del año se van nivelando. En Alemania, todos los años la gente aguarda con ansiedad el momento de saber si habrá nieve o no en Navidad. La mayoría de la veces, por desgracia, no nieva por esa fecha, y, de hecho, cada vez nieva con menos frecuencia. Pero esa expectativa, como he podido averiguar, se ha ido acrecentando históricamente, ya que desde mediados del siglo XIX en las imágenes de la Navidad aparecía la nieve cada vez con mayor frecuencia. Quería averiguar qué papel había desempeñado antes el invierno en la vida de la gente.

P: Quizá el hecho de que yo sea mediterráneo y viva en unas condiciones climatológicas, digamos que benevolentes, me sienta más atraído hacia el frío y esos parajes helados. La blancura y la aparente quietud siempre me han cautivado. ¿Cree que uno siempre desea lo que no tiene? Y, por otro lado, ¿diría que este ensayo es, en cierto modo, la aceptación y valoración de su propio entorno, siendo como es alemán?

B. B.: Tal vez sea una ironía, pero he tenido experiencias en la amplia región del Mediterráneo en las que la conciencia del invierno y la sensación de frío han sido muy intensas. Recuerdo, por ejemplo, una excursión a El Escorial en pleno invierno, con nieve. De eso hará unos veinte años. No llevaba la ropa apropiada y pasé un frío tremendo. A ello se sumó el hecho de que la calefacción en el piso madrileño donde estaba alojado no funcionaba y pillé un fuerte resfriado. Pero, en fin, no hay de qué preocuparse: conseguí sobrevivir. También en Estambul, donde paso largas temporadas desde hace una década, he experimentado que en el llamado «Sur» la vida, a menudo, no está preparada para soportar los inviernos crudos, razón por la cual la sensación de frío y de humedad es mayor que en el «Norte», donde los sistemas de calefacción funcionan con mayor o menor perfección. Pero no me malinterprete, se lo ruego. Me gusta el invierno, venga como venga. Y también el verano. Ambas estaciones se complementan. Sería terrible que siempre fuera verano, ¿no le parece?

P: El periodo invernal siempre ha sido un momento de recogimiento. Puede que suene un tanto pueril lo que voy a decir a continuación pero, ¿esa es la clave o una de las claves para que la filosofía y la literatura de países como Alemania o Rusia, entre otras, donde el invierno y el frío son casi aspectos inherentes a la propia cultura, hayan fundamentado parte del pensamiento occidental de los últimos dos siglos?

B. B.: No me parece que su pregunta sea pueril o infantil en absoluto. Además, si lo fuera, ello para mí no tendría connotaciones negativas. La tesis que usted plantea es bien interesante: el invierno estimula la memoria. Tal vez ello está relacionado con otra cuestión: el modo en que los duros inviernos influyen en la mentalidad de la gente en esas regiones y la incita a reflexionar, aunque tal vez también la suma en la depresión. Creo que hay un núcleo de verdad en eso, pero al mismo tiempo es algo muy difícil de definir o de demostrar.

«Me gusta el invierno, venga como venga. Y también el verano. Ambas estaciones se complementan. Sería terrible que siempre fuera verano, ¿no le parece?»

P: No recuerdo otro ensayo que se haya centrado en mostrarnos una estación del año desde todas las perspectivas que usted propone —histórica, biológica, antropológica—. Es cierto que usted menciona un buen número de obras, como A Winter Walk, de Thoureau, o Hiver. Histoire d’une saison, de François Walter, entre otros muchos. Sin embargo, su ambición, su visión, es mucho más amplia. ¿Cómo fue el proceso de investigación llevado a cabo?

B. B.: El amplio libro de François Walter es efectivamente muy interesante, pero su enfoque es más académico, y es casi un ensayo para un público especializado. Encontré en él varias pistas interesantes, pero pienso que yo abordo el tema, en general, de un modo más abarcador, por ejemplo, cuando me refiero a los efectos del invierno para el cuerpo humano, o de la existencia de grupos de personas muy curtidas por el frío o que se exponen a él de manera consciente con el propósito de estimular su metabolismo. También procuro tener en cuenta el hecho de que el «invierno», en dependencia de donde uno viva, puede significar cosas muy distintas. He investigado mucho en bibliotecas, pero también me he fijado en el tipo de recomendaciones que dan las revistas de cara a la época más fría del año.

P: Existen ejemplos procedentes de otras disciplinas artísticas que, de un modo u otro, han «mostrado» la belleza del invierno. Me vienen ahora a la mente Franz Schubert y su ciclo de lieder Viaje de invierno, o las pinturas de Caspar David Friedrich, por citar alguno. En ambos casos, a través de ellos más bien, podemos dibujar un mapa emocional de lo que representa el invierno. ¿Es su ensayo una demostración de la veneración por el paisaje, por la sublime grandeza de la naturaleza?

 B. B.: ¡En relación con esto, es muy certero el concepto de «mapa» o de «cartografía emocional»! Mi aproximación a un tema es más bien intuitiva, nunca tengo en mente un plan de marketing, sino que investigo y voy acumulando infinidad de detalles que a mi juicio forman parte del tema en cuestión, y luego «compongo» el ensayo de manera que sea coherente para mí y funcione. Pero los libros no van asociados a una intención determinada. Lo de valorar el resultado prefiero dejarlo en mano de los lectores y los críticos.

P: Su obra nos induce al mismo tiempo a la reflexión. No se conforma únicamente con describir las particularidades de una estación del año sino que nos alecciona —en el buen sentido— sobre la necesidad de comulgar con la naturaleza, ¿no es así?

B. B.: Así es. Y también me gustaría crear conciencia de nuestro entorno y de las condiciones climáticas, si bien no concibo mi libro como un manual escolar, sino como ensayo antropológico. Me motiva sobre todo la cuestión de nuestros antecedentes: de dónde venimos, qué esfuerzos realizaron los hombres de generaciones anteriores para adaptarse mejor a los inconvenientes de la estación fría del año. ¡Porque, por nuestro origen, somos criaturas de los trópicos!

P: Desde su punto de vista y su experiencia, y teniendo en cuenta los avances tecnológicos alcanzados que nos permiten vivir de una forma más acomodada, ¿cómo se siente el invierno en la actualidad? ¿Podemos hacernos una idea real de lo que verdaderamente significa este periodo del año? Le realizo esta pregunta porque la transformación que realizamos del entorno para nuestro beneficio propio ha provocado y provoca cambios sustanciales que quizá sean irreparables en un futuro a medio y largo plazo.

B. B.: Es algo casi inconcebible, pero hoy en día, está en nuestra mano decidir en qué medida dejamos que el invierno se acerque o no a nuestro cuerpo. ¡Y eso es un auténtico lujo! Hasta hace unos doscientos años esa posibilidad sólo la tenía gente muy rica. Yo, por ejemplo, no podría renunciar ya al uso de ropa térmica. O a salir de una sauna y frotarme el cuerpo con nieve recién caída. Si es que hay nieve. Tal vez para ello, en el futuro, tengamos que viajar a Noruega o a Islandia. Lo que sí me gustaría es hacer un reclamo en favor de la diversidad de las experiencias invernales. ¡Y, por supuesto, confío que en que no perdamos nuestros inviernos!

«Me motiva sobre todo la cuestión de nuestros antecedentes»

P: En el último capítulo de su libro, «Nieve del mañana», ofrece algunas pinceladas del futuro que nos espera. ¿Se atrevería a aventurar cómo será el invierno que vivirán las futuras generaciones a este lado del ecuador?

B. B.: No soy profeta, pero contamos con suficientes indicios de que los inviernos serán cada vez más cortos y las primaveras empezarán con mayor antelación. Eso generará un caos en los hábitats de animales y plantas. Un grave asunto. Confío, por supuesto — también en relación con la crisis climática—, que sepamos controlar a tiempo los efectos. No pertenezco al club de los fatalistas, y en lo que a este tema respecta soy un optimista aquejado de pesimismo. En todos los temas que trato, además, suelo buscar refugio en la historia, porque de ella podemos aprender muchas cosas.

P: En el invierno predominan el frío, la oscuridad, el paisaje desolado, y la soledad, pero no olvidemos que el invierno es el preludio de la primavera, una época de florecimiento, de oportunidades, de vida. Su ensayo fomenta tener una visión mucho más optimista del invierno, pues uno llega a emocionarse con cada copo de nieve, cada árbol y cada nube que aparecen. Es este un libro lleno de rincones y belleza. ¿Qué le atrae más del invierno? ¿Qué aspecto en concreto es el que le provoca ese leve suspiro que es, a su vez, un símbolo de paz interior?

B. B.: Pasar auténtico frío en invierno es un buen modo de incrementar el regocijo ante la inminente llegada del verano. Esa alegría previa me parece algo hermoso, y me lo parece, en general, el cambio constante de las estaciones. Pienso que cada persona tiene momentos invernales de marcado carácter íntimo, personal. Los duros inviernos de mi niñez se han quedado grabados en mi memoria. Solía pasar las vacaciones invernales con mis padres en Baviera. En aquella época también había montañas de nieve en Berlín (en la parte occidental, donde me crié). Eran montículos que a mí, al ser entonces tan pequeño, me parecían enormes. A lo largo de los años he practicado mucho el esquí de fondo en las montañas (cross country skiing), sobre todo en la Alta Baviera, en Austria y en los Alpes franceses. Esa experiencia del silencio, cuando la nieve se «traga» los ruidos, o la de unos cielos totalmente despejados, sin nubes, escuchar el crujido de la nieve, todas ella, para mí, son experiencias muy bellas, casi mágicas. También los inviernos a orillas del mar —en mi caso en el mar del Norte— pueden ser muy bellos, sobre todo cuando hay tormenta.  

P: Para finalizar, quisiera saber si es consciente del recibimiento que su ensayo está cosechando en España gracias a la labor de una editorial tan exquisita como Acantilado y a un traductor con la experiencia y maestría de José Aníbal Campos. ¿Qué opina al respecto? ¿Y qué le supone ser leído y comprendido en otro país, en otro idioma?

B. B.: Estoy muy agradecido a la editorial por haber encargado este trabajo al excelente traductor José Aníbal Campos, y me alegra muchísimo, claro, que mis ideas le digan algo a un público lector hispanohablante. En realidad, me ha sorprendido. Sigo las reacciones de la crítica cuando puedo, sobre todo a través de mi cuenta de Twitter: (@BrunnerBernd). Y confío en poder visitar España de nuevo muy pronto.

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