Niños perdidos, niños migrantes. Breves notas sobre Valeria Luiselli

Estaba yo en Madrid, y como en tantas otras ocasiones me dirigí a la librería infame por antonomasia de la ciudad, en el céntrico barrio de Malasaña, para recibir consejo, o más bien, para satisfacer mi particular apetito libresco. Fue hace algunos años, y en aquella época, antes de convertirse en un excelente editor en las afueras, trabajaba una persona con la que estoy en deuda por todos los libros que ha llegado a recomendarme y que forman parte de mi biblioteca particular. Uno de tantos fue Los ingrávidos (Sexto Piso, 2011), de la escritora mexicana Valeria Luiselli. Recuerdo que me dijo: «Este tienes que leerlo, sí o sí». Y eso hice, y me embelesó, y desde ese momento, estoy ligado a Luiselli, a su literatura, a su modo de hacer literatura, de entenderla, de aprehenderla.

Unos años más tarde, leído también su delicioso ensayo Papeles vacíos (Sexto Piso, 2012), viajé a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL), México, donde presentó La historia de mis dientes (Sexto Piso, 2013), quizá su libro más juguetón. Allí, en la FIL, tuve la oportunidad de conocer en persona, con el nerviosismo que ello implica, a esta narradora que ha demostrado ser aquello que los más avezados que yo en estas lides de la crítica literaria definen como «una de las voces más interesantes del panorama actual». No estoy seguro de qué quieren decir con ello exactamente, pero a título personal sí creo que Valeria Luiselli es una de las escritoras más importantes de la última década, principalmente, por sus dos últimas obras: Los niños perdidos (Un ensayo en cuarenta preguntas) y Desierto sonoro, de nuevo publicadas en la editorial mexicana, con sede en España, Sexto Piso.

UNA PREOCUPACIÓN

La situación de los migrantes a los Estados Unidos, y más concretamente, los niños migrantes, ha sido el detonante de los últimos libros de Luiselli, entre otros artículos publicados en prestigiosas revistas. Del primero ya escribí en su día, asegurando que la mexicana describía a la perfección la hipocresía del mundo y la falta de sensibilidad, desenmascarando de algún modo ese «teatro de la pertenencia» al profundizar en aspectos como la identidad nacional y el sentimiento (ausente) de comunidad. Y del segundo…

Desierto sonoro, que Luiselli escribió originalmente en inglés y cuyo título es Lost children archive, ha sido, sin duda, la consagración de la autora —si es que un escritor llega nunca a consagrarse; tengo mis dudas—. A los hechos me remito: finalista del Kirkus Prize, en la carrera final del prestigioso Booker Prize, entrevistas en los medios más importantes del mundo, críticas excelentes, giras promocionales de aúpa, elogios de toda índole…

UN ‘ROAD TRIP’

¿Qué cuenta Luiselli en Desierto sonoro? El lector se encuentra aquí con distintos viajes, viajes que se entremezclan, que se confunden, viajes peligrosos física y espiritualmente. Un matrimonio y sus dos hijos deciden emprender la marcha desde Nueva York hacia los estados fronterizos de Arizona, Texas y Nuevo México, si bien cada uno por motivos distintos. Él, el padre, para realizar una investigación sobre los últimos apaches, la figura de Gerónimo y su rendición a los llamados «ojosblancos». Ella, la madre, para recabar información sobre la situación de los niños migrantes que proceden del sur, niños perdidos que intentan cruzar la frontera y que se juegan la vida o, si tienen suerte, son deportados nuevamente a sus respectivos infiernos personales.

En la novela se alternan las voces y perspectivas, de la madre y del hijo mayor, se ahonda en la historia sangrienta, cruel, siempre conflictiva, de una nación como la estadounidense —como toda nación, en realidad—, cuyas políticas de migración actuales dejan mucho que desear. Este singular road trip por el «país de las oportunidades», mezcla de estilos y géneros, desde el ensayo a la poesía o el cuento, encoge el corazón del lector por narrar la historia de un abuso, de un expolio, de tristeza. Una realidad de ayer y, por desgracia, de hoy.

Valeria Luiselli – Devin Yalkin / The New York Times News Service
iletradoperocuerdo

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