La magia de transformarse en otro escritor. Charlando con Lydia Davis

Internet lo cambió todo. Nuestra forma de (no) ver el mundo, de entenderlo, de comportarnos en él. Prima lo efímero, la distancia, el alimento del ego. No hay pudor, apenas si hay intimidad. Lo virtual nos ha colonizado. Pero, ¡ojo!, no todo en esta historia es un discurso contra esa realidad virtual, no. Como todo en esta vida, hay una parte positiva, algo que hasta incluso nos arranca una sonrisa, como el hecho de poder intercambiar palabras y pensamientos con una de las autoras que más admiro, Lydia Davis. La estadounidense es una autora ecléctica y astuta, y lo es porque siempre encuentra la manera de narrar esas cosas que necesitamos saber, aunque no tengamos constancia. Su narrativa combina humor, lenguaje y dificultad emocional, es una narrativa impregnada de aspectos de la alta cultura y la banalidad, es impredecible, de una libertad argumental fuera de lo común que a mí me deja siempre fascinado.

Para situar un poco la acción, basta decirles que esta entrevista o charla tuvo lugar hace ya dos años, en 2015, gracias a la inestimable colaboración de la editorial argentina Eterna Cadencia (y a María Cereijo en particular, que por aquel entonces era su “enlace” en España). ¿Por qué tardar dos años en hacerla pública? No sabría responder a tal pregunta, si bien utilicé parte de la misma en un artículo publicado en Quimera —la revista número 387, que se editó en febrero del año 2016— y que titulé Lydia Davis. Ideas, lenguaje, historias. Sí puedo responder al porqué de la conversa. El pretexto no fue otro que la aparición en España, casi a la par, de dos títulos suyos: El final de la historia (Alpha Decay), y Ni puedo ni quiero (Eterna Cadencia). Sin más, comparto sus respuestas, que fueron traducidas por Regina López Muñoz, a la que siempre estaré agradecido, por muchos motivos.

Illustration by Chang Park / Photograph by David Levenson / Getty

Pregunta: El final de la historia y Ni puedo ni quiero son dos libros muy diferentes entre sí, a priori. El primer libro es una novela, o relato largo como creo que prefiere denominarlo; mientras que el segundo es un compendio de textos de diferente formato que son como juegos de palabras, pruebas, estudios, anotaciones, ideas… ¿La historia o historias que pretende contar es/son la/s que marcan su estructura, su extensión? ¿Cómo sabe que ya puede dar por terminado un texto?

Lydia Davis: Sí, son dos libros muy diferentes. Es cierto que en la novela hay una historia, junto con todas las digresiones y pensamientos que ésta conllevaba. De las piezas breves de la nueva compilación —Ni puedo ni quiero—, en cambio, no todas cuentan una historia. Algunas sí, y otras simplemente exponen una situación, una idea, un sentimiento, una paradoja, o algún disparate relacionado con la lengua; con frecuencia, es el lector el que continúa o crea la historia.

En cuanto a tu segunda pregunta, se podría decir que doy un texto por «terminado» cuando percibo la sensación casi tangible de que no le falta nada ni flojea en ningún aspecto. No tiendo a racionalizar la cuestión; lo siento, sin más.

P: Podría decirse que El final de la historia (Alpha Decay) es el retrato de una obsesión, una obsesión por encontrar el amor, por intentar entender qué es el amor. La protagonista está inmersa en un mar de dudas constante. ¿Es el amor el gran tema de la literatura?

L. D.: Sin duda, el amor es uno de los temas de la novela, como también lo es de la literatura; pero yo diría que hay otros temas más universales, y la cuestión de qué tema pueda resultar más vital o crucial depende de cada persona. En mi opinión, el mayor tema de todos es la vida en sí misma: aquí estamos, en este mundo, por muy, pero que muy poco tiempo. ¡Qué gran misterio! La construcción de un yo y la posterior desaparición de ese mismo yo al final de nuestras vidas.

P: De este libro me interesa, sobre todo, ese relato alternativo que realiza sobre la construcción de la propia novela. De hecho, creo sinceramente que ahí radica su gran atractivo, en ese diálogo interno en el que queda reflejado el proceso de escritura como salvación y también como sanación espiritual y física. ¿O me equivoco?

L. D.: No sé muy bien qué responder a esto: ni dónde reside el atractivo de la novela, ni si el proceso de escritura supone una salvación o una curación. Tal vez el impulso sea más sencillo: tengo una idea para un cuento, me impaciento al tenerla dentro de mí hasta que consigo sacarla, la saco y le doy forma, estoy contenta o satisfecha con la forma del cuento y me interesa per se, he creado algo autónomo, que ya no depende de mí. Pero no sé si a través de la escritura de la novela me redimo o me curo. Además, disfruto describiendo con humor el proceso de escritura, la confusión, la lucha que supone.

P: ¿Se basó en Bernhard, Elizabeth Hardwick y Marguerite Duras para escribir El final de la historia?

L. D.: Sí, esos tres autores han sido las tres figuras más importantes para mí. Aunque no es que me sirvieran de inspiración para la novela, porque esa inspiración ya estaba ahí. Pero no tenía clara qué forma le daría a la novela, cómo la escribiría, y por eso me ayudó observar obras concretas que se acercaban a lo que creía que buscaba: los encolerizados monólogos de Bernhard, las Noches insomnes de Hardwick, escrito en forma de fragmentos; y El amante y El dolor de Duras, escritos también como si una persona transcribiera sus pensamientos.

P: La protagonista también hace de traductora, como usted. ¿Cree que traducir es un máster de escritura creativa? ¿Qué le atrae de la traducción?

L. D.: No creo que traducir sea como hacer un máster en escritura creativa, pero sí que es una manera de escribir, y para un escritor es una buena forma de practicar, porque te dan un texto y debes encontrar un lenguaje equivalente en tu lengua materna; y no puedes evitar decir ciertas cosas. Vas aprendiendo a conocer cada vez mejor tu propia lengua. Yo diría que lo que me atrae es la magia de transformarme en otro escritor, con otro estilo y otras ideas; disfruto con esa metamorfosis y esa evasión de mí misma.

P: Obviamente, una parte esencial en literatura es la historia a narrar. No obstante, la buena literatura, o la literatura que pretende ir más allá, es la que también juega con el lenguaje, con su estructura. En Ni puedo ni quiero parece divertirse con el lenguaje, con las estructuras narrativas, con el propio género literario. ¿No es así? ¿Hasta qué punto le interesa la construcción? ¿Es usted una terapeuta del lenguaje? ¿Una artesana?

L. D.: En absoluto soy una terapeuta del lenguaje. Pero sí que disfruto jugando con la variedad de formas a mi disposición. No veo por qué hay que escribir siempre del mismo modo, aunque hay muchas y muy buenas formas que también ofrecen una amplia variedad en sí mismas. Yo lo que intento es ver qué forma encaja mejor con el material que se me pone por delante, el que me encuentro en mi vida cotidiana.

Lydia Davis in Paris, 1973.

P: En más de una ocasión ha “declarado” su amor por Samuel Beckett. Cuando empezó a leerlo colgaba sus frases en la pared para ver cómo las construía. ¿Hizo lo mismo con algún otro autor?

L. D.: Estudié a muchos otros escritores, sí: Kafka, Joyce, Nabokov, Melville, Dos Passos. Aún hoy estudio el estilo de los escritores que me interesan, y sigo copiando frases para comprender cómo consiguen producir el efecto que producen. Pero no lo hago necesariamente para dominar yo misma esos estilos, sino por mero interés.

P: Otro aspecto que quisiera comentar es el del humor. ¿Cómo podríamos definir el humor que se destila en algunos de sus relatos? ¿Sutil? ¿Fina ironía? Digo esto porque el mundo que suele describir se centra en una burguesía de la que parece reírse. ¿Podría decirse que realiza un gran estudio sociológico?

L. D.: ¡No me río de la burguesía con tanta saña como Flaubert, en cualquier caso! En realidad, no sé si hago tal cosa. Pero es cierto que tiendo a ver el lado cómico de cualquier acontecimiento o situación; siempre estoy abierta al humor, lo disfruto, me interesa cómo mucha gente es capaz de experimentar el humor y otras emociones más negativas al mismo tiempo. Y sí, me interesa estudiar a las personas, y las estudio constantemente, ya sea en una estación de autobuses o en una sala de estar.

P: Sus relatos son una especie de comentarios y observaciones de la vida cotidiana. Mucha gente se pregunta por qué no los llama poemas o fragmentos.

L. D.: A veces los defino como «piezas». Algunos, muy pocos, los escribí como poemas. Pero es que me parece más fácil llamarlos «cuentos», porque todos ellos tienen algo de narrativa y porque mi carrera como escritora se inició con los relatos breves; siempre he escrito cuentos.

P: En este sentido, ¿qué piensa de la profusión de términos para definir el relato? Flash fiction, sudden fiction, short shorts, very shorts, prose poems, proems

L. D.: Me parece estupendo que se busque un término que defina los short-short stories, pero yo me quedo con el más sencillo de todos: short-short stories, o very short stories.

P: Jim Dodge confesó una vez que no precisa de sus propias experiencias personales para escribir, confía plenamente en su imaginación. En Ni puedo ni quiero usted se permite una libertad argumental total.  ¿Tiene Lydia Davis algún límite?

L. D.: Me gustaría pensar que no hay límites. Me gusta pensar que todo es posible. Pero me interesan muchísimo más las posibilidades de usar la vida real, la realidad, para dar forma a los relatos, más que confiar en mi imaginación para crear historias. Y me interesa más leer historias y poemas compuestos —al menos, en parte— con el material profuso y fascinante que cada día, a cada instante, nos ofrece la vida real.

P: Uno de los eternos debates hoy en día es el que enfrentan al relato corto con la novela. Se valora muchísimo al cuentista pero éste no vende tanto como un novelista. El mercado editorial es el que manda, si eres o no rentable. ¿Cómo afronta esta situación? ¿Qué opinión le merece la eterna búsqueda de la gran novela americana? ¿Y qué narices es la gran novela americana?

L. D.: Entiendo que las novelas se vendan mejor que los cuentos, y lo cierto es que no me molesta en absoluto. A mí también me gusta zambullirme en un novelón. Me permite evadirme de mi propia vida, vivir en otra época y en otro lugar; el relato corto, en cambio, me devuelve a mi vida con mayor rapidez. Pero no creo que la novela sea, por naturaleza, más importante que un relato o que un poema. A veces nos obsesionamos con la extensión y no vemos más allá. Pero a mí me interesa lo que pueda abarcarse en un espacio muy pequeño.

P: Si le menciono el nombre de Lucia Berlin, usted me diría…

L. D.: Bueno, sabrás que se publicó en Estados Unidos una selección de relatos suyos, y que yo firmé el prólogo del libro. De aquí a un tiempo se editarán sus relatos en muchas otras lenguas; de repente, Berlin suscita mucho interés. Yo admiro su trabajo desde hace décadas, y siempre quise que fuera más conocida de lo que ha sido hasta ahora. Es una escritora magnífica: inteligente, divertida, original, indulgente… Seguro que los lectores devorarán sus relatos.

P: ¿Podría hablarnos de la influencia del poeta Russell Edson y de Peter Altenberg?

L. D.: Russell Edson es un poeta en prosa estadounidense que escribe unos relatos cortos fabulosos e imaginativos. Fue su obra la que me hizo ver las posibilidades del formato breve, allá por los años 70. A Peter Altenberg, sin embargo, lo descubrí mucho más tarde, hará unos diez años. Es un escritor vienés de principios del siglo xx que escribió unos relatos deliciosos sobre su propia vida en Viena y alrededores. Desde aquel hallazgo he descubierto también los very short stories de A. L. Snijders (holandés), y hace muy poco a Peter Bischel (suizo). Otros dos escritores magníficos.

P: Cambiando totalmente de tercio, ¿le interesa la política? ¿Cree que el escritor debe ejercer un papel moral dentro de la sociedad?

L. D.: Me interesa mucho la política y participo activamente en mi comunidad. De hecho, formo parte del consejo de gobierno de mi pueblo, y cada mes asisto a reuniones en las que se debaten temas como el estado de las calzadas y las farolas. En mi opinión, todo el mundo, no sólo los escritores, debe desempeñar un papel activo en su comunidad y tener un compromiso político. Pero yo tardé mucho en ejercer ese papel. Existen ciertos límites cuando tienes que criar una familia, ganarte el pan y escribir.

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