Argullol. Alex Bellart
Rafael Argullol © Alex Bellart

Creo que fue Franz Kafka quien escribió en algún lugar que «la literatura es siempre una expedición a la verdad». Tras conversar con Rafael Argullol cualquiera se convence de ello, si bien la literatura permite emprender un doble viaje: exterior, físico, y otro interior. Así, al menos, es lo que sugiere el escritor, poeta y ensayista barcelonés al explicarme que su visión de la literatura «no parte de la retórica literaria, si no que parte más bien de dos instrumentos: el telescopio y el microscopio». Como era de esperar, me interesé por el uso de ambos “aparatos”, qué le permiten. El primero, asegura, «permite indagar en los espacios exteriores de la condición humana». No obstante, cuando esa indagación se hace demasiado abstracta, necesita darle la vuelta a la lente, hacer uso de ese microscopio para «ir hacia el interior». De ahí que Argullol defina su literatura como «el continuo giro de las dos lentes».

Para el autor de libros tan celebrados como Visión desde el fondo del marUna educación sensorial La razón del mal, todos ellos publicados en Acantilado, existen tres placeres en la vida: los viajes, los libros y las mujeres —de las que preferimos no hablar, al menos no de forma oficial—. Tal y como me comentaba a raíz de una charla titulada La literatura y el viaje de la memoria, para él «la experiencia del viaje es una experiencia muy importante». Ciertamente, el hecho de viajar supone para la persona que realiza tal acción el despojarse de cualquier rol de su vida diaria; digamos que viajar nos ayuda a ser más nosotros mismos, libres de cualquier atadura. Argullol se mostró totalmente de acuerdo con esta afirmación, y añadió que esto es así «porque desplaza al hombre de sí mismo y le hace mirar desde otro lado, otro territorio», aunque también quiso hacer hincapié en qué consiste actualmente la experiencia de viaje, «porque no siempre va vinculada con la cantidad», tal y como pudo demostrar al mencionarme ese libro de finales del siglo XVIII titulado Viaje alrededor de mi habitación (Funambulista), de Xavier de Maistre, un «recorrido por la inmovilidad», como lo definió Enrique Vila-Matas, y que supone una gran experiencia de viaje pese a llevarse a cabo en un espacio diminuto, pues, volviendo a Vila-Matas, «nos ha sido dado el don de ver la esfera que permite ver el universo».

Para poder emprender ese viaje íntimo, el lenguaje juega un papel primordial, un lenguaje que, como escribiera Myriam Moscona en Tela de sevoya (Acantilado), es «la única forma de traducción que tiene la memoria». Al respecto, el ensayista me responde que debe ser «un lenguaje muy plural», porque para él algo de enorme relevancia es «el lenguaje de los sueños, e incluso, lo que podríamos llamar el lenguaje estático, el lenguaje de la mente en blanco. Por tanto, es verdad la afirmación de Moscona, siempre que aceptemos que por lenguaje debemos entender muchos planos, de los cuales, quizá, la literatura es como la punta del iceberg». En este sentido, y transcribiendo sus propias palabras, «la literatura intenta recoger lo que son todas estas experiencias lingüísticas del ser humano, aunque tenemos que reconocer modestamente que sólo las recoge de una manera muy parcial, muy pequeña». Imagino que la literatura recoge todas esas experiencias lingüísticas de una manera muy parcial ya que todo puede ser ficcionado, incluso nuestra memoria, ¿no creen? Al respecto, Argullol señala que la memoria siempre es ficcionada y que en nuestro caso personal, «nuestra memoria es también nuestro mito». Es entonces cuando recuerdo que el propio Argullol califica la memoria de historia secreta, y se lo recuerdo durante nuestra charla, y es entonces cuando me advierte que «la memoria no es sólo aquello que exteriorizamos a través de los recuerdos, si no, muchas veces, la materia negra —por hablar en términos astronómicos— que hay entre dos estrellas». ¿Estrellas? «Los recuerdos son estrellas», asevera, para luego señalar que «lo que quizá facilita la memoria literaria es viajar por la materia negra que hay entre las estrellas. En ese sentido, indagamos en nuestra memoria secreta, en los pozos secretos de nuestra memoria». En otras palabras, la literatura como una travesía hacia lo más enigmático de nuestra condición.

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-Arenas movedizas-

Nuestra charla discurre por varios caminos hasta el punto de ofrecerme otro titular: «La lectura nos permite ver que nos movemos sobre arenas movedizas». ¿Qué quiere decir el señor Argullol? Pues, ni más ni menos, que leer es introducirse en la posibilidad de que nada es lo que lo que parece ser, pues existen infinitas perspectivas de una realidad. Todo esto me conduce irremediablemente a pensar en la importancia de la reflexión, en ese detenerse un momento para tomar conciencia, algo que cada vez se da menos, porque hoy en día vivimos en la era de la inmediatez, y así se lo comunico al protagonista de mi interrogatorio. Sereno, me habla de que hace años escribió sobre una especie de estética del detenimiento, o dicho con otras palabras, «el ser capaz de vivir el huracán desde el estatismo del ojo del huracán», lo cual viene a significar que es partidario de participar plenamente de nuestra época y de la actualidad, «pero teniendo la capacidad de ponernos también en el estatismo del centro; es decir, tener un ojo activo y otro contemplativo. Me interesa tener una doble mirada», comenta, más si tenemos en cuenta que «en nuestra época muchas veces se confunde la acción con la pseudoacción y al mismo tiempo nadie tiene tiempo, o mejor dicho, la valentía, de abrir su ojo contemplativo, un ojo que nos permite además mirar hacia nosotros mismos, nuestro interior». ¿Sugiere, por tanto, que la sociedad ha perdido el don de la curiosidad?

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-Curisosidad vs. Apatía-

En un mundo que parece más preocupado por el mero entertainment, Rafael Argullol no se muestra ni pesimista ni optimista. «En el momento en el que uno lee, se da cuenta de que los fragmentos que llamamos presente, muchas veces ya estaban perfectamente esbozados en el pasado. Muchas de las cosas que a día de hoy son objeto de queja, si lees a Séneca o a Cicerón encuentras pasajes que podrías confundir fácilmente como actuales. Por tanto, ya ha habido muchas épocas en las que se tenía la percepción de que la humanidad iba como en un vertido inmóvil, como si fuera muy acelerada, pero acelerada hacia no se sabe qué. Esa es, en cierto modo, la sensación que obtenemos en nuestra época», declara. ¿Nada nuevo bajo el sol? ¿Siempre cometemos los mismos errores? ¿Por qué parece que la mayoría de nosotros siembra la indiferencia? El escritor y poeta piensa que aún no hemos digerido los grandes cambios en la transición de los dos siglos, sobre todo, en el terreno de las tecnologías. «Falta saber si seremos capaces de tomar distancia respecto a nuestros propios encantamientos. Ahora estamos en pleno encantamiento, la razón y en cierto modo la lucidez parte de la capacidad de tomar distancia, es decir, de poner un pie fuera de la campana», expone. ¿Quién o quiénes serían capaces de tomar esa distancia, los intelectuales?

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-¿Intelectuales hoy?-

El intelectual bien podría ser esa persona que tenga la capacidad suficiente para tomar distancia, o que ostente la valentía suficiente para hacer autocrítica. No obstante, parece algo obsoleto. A Rafael Argullol el término “intelectual” tampoco le convence y por ello afirma que «el intelectual de nuestra época debería saber estar en la época y saber estar más allá», es decir, ser capaz de poseer esa doble mirada —activa y contemplativa—. De ahí que para el catedrático de la Pompeu Fabra, ese “intelectual”, «no tiene por qué realizar las tareas del intelectual ideólogo perteneciente al ciclo que va desde el periodo de la Ilustración hasta la década de los años 50-60 del siglo XX». Es decir, que no debemos confundir y creer que el escritor, el artista, etcétera, siempre ha sido este intelectual ideólogo. «En concreto, en nuestra época, creo que la verdad de un artista o de un escritor pasa por el hecho de realizar una obra bien hecha, en silencio muchas veces, en soledad, y sin hacer caso de las presiones de la ley de la oferta y la demanda», analiza, lo cual está muy bien, pero… ¿no sucumbir a esas presiones de la oferta y la demanda no es harto complicado? «Yo lo he hecho», asegura de forma taxativa. Obviamente, siempre está la excepción que confirma la regla, aunque… «Conozco a muchos otros que también lo han logrado. Uno tiene que estar dispuesto a permanecer durante cinco años trabajando en el proyecto de un libro o de una composición musical o lo que sea. Esta es la verdad del arte. Lo otro, digamos, es someterse a lo que dice el mercantilismo, a lo que exigen los agentes literarios… Yo más que preocuparme por si el intelectual es crítico en el sentido ideológico, lo que me preocupa es que sea verdaderamente veraz consigo mismo. Esta es la tarea fundamental en este momento», dilucida.

Rafael Argullol © Alex Bellart
Rafael Argullol © Alex Bellart

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-Ese estar ahí-

Por más que quiera aceptar su visión sobre esa «verdad del arte», no debemos olvidar que esas exigencias del mercado provocan que aquel que quiera dedicarse al mundo de la cultura deba estar ahí de algún modo. Si no te promocionas, bien sea en redes sociales o en los medios de comunicación, es como si uno no existiese, al menos hoy en día. Es, en este punto, cuando mi charla con Rafael Argullol toma un cariz más crítico y reflexivo al incidir en esa metáfora del ojo activo y el ojo contemplativo. Para él, «sin el ojo contemplativo no existe la obra de arte». Dicho esto, añade que, «dentro de la crisis del intelectual, que, en parte, creo está justificada después del fin de las grandes utopías y los grandes relatos, el intelectual no tiene por qué seguir siendo sacerdote de las ideologías como se era hasta Sartre, por citar un ejemplo; yo prefiero un intelectual más libre», lo cual viene a significar que, «a través de la defensa de la acción, defiendo que el escritor o el artista debe ser una persona que esté muy alerta sobre lo que sucede en el mundo, no en la aldea, que es lo que ocurre aquí». Y es que a lo largo de 30 años, Argullol siempre ha dado su opinión sobre los problemas del mundo, «cosa que en España suena extraño, puesto que aquí parece que no nos interesen las cosas que suceden en el mundo».

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-Un país de tertulianos-

¿Cuál es la situación cultural actual en España según Rafael Argullol? Digamos que se muestra doblemente crítico: «Respecto a la cultura mundial creo que estamos inmersos en esa transición necesaria de la figura de lo que antes llamábamos intelectual, necesaria, desconcertada, pero que forma parte de un momento en el que se han acabado los grandes paradigmas ideológicos de los que antes el intelectual hacía de profeta, de sacerdote o lo que fuera. Pero lo que ocurre en España es que después de ciertas esperanzas de visión ilustrada moderna después del franquismo, ha habido de nuevo una reclusión hacia lo aldeano, hacia lo provinciano, terrorífica. Esto se podría resumir diciendo que esto es el país de los tertulianos». La siguiente cuestión no podía ser otra: ¿Qué es un tertuliano? Argullol contesta: «El tertuliano es un tipo que no solamente no sabe nada de lo que habla, pero que se ve obligado a hablar de todo, sino que siempre tiene que estar deslizándose sobre la superficie». Y prosigue: «En el momento en que ahonde un poco más, dejaría de ser tertuliano. Eso ha hecho que España sea un país ensimismado. Dentro de la cacareada globalización, pero desde el punto de vista mental, un país ensimismado, y con unos intelectuales que se han ido, después de un momento muy interesante —a finales del siglo XX, los años 80 y 90—, despreocupando. Es muy raro encontrarte con alguien y decirle de hablar sobre las causas de lo que está sucediendo en Siria, por ejemplo. Aquí a nadie le interesa».

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-Contra la mirada a nuestro ombligo-

¿Cómo puede España combatir esa especie de ensimismamiento, ese mirarse al ombligo? A esto me responde él que ha intentado combatirlo tanto a través de sus textos en la prensa como a en sus libros. «Mis libros procuran ser una mirada desde el mundo y para el mundo, independientemente de que yo haya nacido en Barcelona o en Jaén o en Marsella. Uno tiene, evidentemente, una serie de anclajes locales, lo cual está muy bien en un mundo que tiende a lo uniforme como el nuestro, pero yo defiendo el cosmopolitismo radical», me explica. Ante tal afirmación, me intereso por ese cosmopolitismo radical que él define como «la capacidad continua de estar alerta para captar la diferencia». Tras esta declaración, muestro mi lado más pesimista y catastrofista porque no creo que haya mucha gente preocupada por “mantenerse alerta”. ¿Cómo hacer frente a una sociedad en la cual el pensamiento tiene cada vez menor peso? Para responder a esa pregunta, Rafael Argullol incide en que actualmente vivimos un periodo “inmediatista”, es decir, «que la humanidad tiende a preocuparse por el corto plazo». Como me ve algo perdido ante su respuesta, me explica que a lo largo de sus lecturas se ha fijado que en la historia esta actitud se da cuando previamente se ha producido una quiebra de los “grandes ideales”. «Como en la primera mitad del siglo XX acabaron catastróficamente, en pesadillas, los sueños ilustrados y románticos, de alguna manera ahora, en el inicio del siglo XXI, estamos en el repliegue hacia lo inmediatista, con lo cual, las nuevas tecnologías qué es lo que hacen: llevar a gran velocidad el corto plazo y lo inmediato». ¿Y esa tendencia va a continuar? «Es probable que en un momento determinado se pueda producir un viraje y el inmediatismo sea dejado de lado por un giro cultural o mental, incluso religioso o espiritual. Pero yo calificaría nuestra época de inmediatista por causas históricas justificadas, por miedo, un miedo enmascarado que simbólicamente se produce en las periódicas epidemias que nos anuncian», responde.

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-El papel de la educación-

Tras infundirme cierta pesadumbre su última declaración —por su sensatez—, me atrevo a preguntarle por el papel de la educación en todo este jaleo. Para Argullol, «la educación tiene un papel importante en lo que para mí, personalmente, con el transcurso del tiempo, he considerado esencial, que es la libertad interior». Dicha “libertad interior”, según él, falla mucho en España. «No sé por qué se ha llamado esto un país individualista cuando es un país gregario, es un país que siempre está esperando la opinión de los otros para gritar», advierte, para añadir que, «esa libertad interior es la que te puede llevar a una libertad pública, porque lo que llamamos democracia, que acostumbramos a identificar con meter votos en una urna, debería ser la unión de gente con libertad interior, porque si no se convertiría en algo mecanicista, manipulable, etc., como vemos».

Para finalizar, le pregunto si hay esperanza para vivir en un mundo más preocupado que se sirva de la cultura para superar sus males. A esto me responde: «Creo que sí. Mientras haya alguien que me haga una entrevista interesado por este tipo de cosas y podamos conversar sobre ello, hay esperanza. Además, hay muchos cómplices secretos en esa dirección, lo que ocurre es que la presión de la época los dispersa».

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