Las palabras, un manojo de alambres indomesticable. Charlando con Samanta Schweblin

Samanta SchweblinDoscientos pesos, le dije a Samanta Schweblin por teléfono. Esa fue la cantidad que pagué hace menos de dos años en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) por hacerme con un ejemplar de Pájaros en la boca. La edición que compré fue la del sello Almadía. Es curioso, en México me hago con un libro escrito por una autora argentina que, finalmente, puedo entrevistar en España. Soy un tipo con suerte.

Gracias a Juan Casamayor, editor de Páginas de Espuma, tuve la oportunidad de conversar con una escritora que no deja de acaparar elogios –con razón–. Como suele ser habitual en mí, los nervios previos a la charla hicieron acto de presencia, pues siempre creo no estar a la altura de las circunstancias requeridas. No obstante, reconozco que la cordialidad de Schweblin y, por qué no reconocerlo, su acento, me atemperaron, y lo primero que se me ocurre decirle es que compré un libro suyo por 200 pesos, a lo que ella no sabe muy bien qué responder. «¿Alguien te lo recomendó?», pregunta, y yo contesto que no, que nadie, que tuve una especie de corazonada o que me hipnotizó la portada de Almadía o que su apellido me hizo gracia o qué sé yo.

Platicamos de muchas cosas, la mayoría de ellas relacionadas con su trabajo, claro. No pude contenerme y compartí con ella una sensación mía al leer sus relatos. Suelen noquear, afirmo. Ella contesta que sí, pero que el noqueo se produce más bien por aquello que transmite el texto, no por su resolución. «Tiene que ver con lo orgánico, lo material del relato», asegura. Y es que la propia autora argentina ha confesado en más de una ocasión que ella entiende la literatura como un exorcismo. Para Schweblin todo se basa en las emociones o sentimientos que quiere contagiar al lector. Ciertamente, si la lectura no nos indujera ningún tipo de sentimiento, creo que podemos hablar de fracaso por parte del escritor. Si no nos contagia nada… «Sí, sí. Yo lo entiendo igual», afirma (y la imagino sonriendo).

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-Lo no-dicho-

Durante nuestra charla por teléfono hablamos de la elipsis. Schweblin me expuso lo siguiente: «Para mí una elipsis no es el recorte de cierta información que no digo y dejo al azar en la cabeza del lector. Es todo lo contrario a eso». De ahí, ambos llegamos a la conclusión de que su objetivo en este ámbito es realizar una especie de “maquinación”. Centrarnos en esta figura retórica me parecía oportuno porque en los relatos de Siete casas vacías (Páginas de Espuma) las historias se tejen a través de lo indecible, o eso creo. Da la sensación de que entre los personajes se callan muchas cosas. Toda novela o relato silencia una parte de realidad. Cuán importante es para Samanta Schweblin ese silencio, si tenemos en cuenta que en literatura lo no-dicho sirve para afrontar la cuestión controvertida de lo “inefable”, o también de lo inconfesable o lo reprimido. ¿Quiere travestir o vestir el decir? ¿Existe un sentimiento de retraimiento? «Hay un poco de todo eso, sí. Sobre todo, creo que el silencio dice mucho, por eso me resulta tan atractivo en un texto. También me interesa la incomunicación, y el ruido que hay a veces entre lo que se dice y lo que se escucha, lo que se entiende. Es como una gran tragedia que siempre sale mal», señala.

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-Y del silencio, al fango-

En más de una ocasión, Schweblin ha admitido que lucha contra el lenguaje. Al analizar esto pienso en Augusto Monterroso cuando aseguraba que escribir es corregir. Fabio Morábito declara también en El lenguaje materno (Sexto Piso) que hay que escribir como un correctivo y que es una actividad “furtiva”. ¿Por qué esa lucha cuando decide dedicarse precisamente a la escritura, a expresarse mediante la palabra escrita? «Desde chica siempre tuve muchos problemas para hablar. No solo porque era terriblemente tímida, sino porque las palabras siempre fueron para mí como un manojo de alambres indomesticable, de esos que, cuando el fin crees que lograste enroscar, saltan como un resorte y destruyen todo lo que intentaste construir», me explica, para a continuación señalar que, «el lenguaje hablado me aterra por imprevisible, por confuso, y a veces, incluso, por resultar demasiado transparente. El lenguaje escrito en cambio es un espacio que puedo dominar, que puedo armar y desarmar una y otra vez, y eso me permite llegar a lugares a los que no hubiera podido llegar de otra forma». Esa respuesta me deja KO y no contenta con ello la argentina menciona a Clarice Lispector para recordarme lo que solía decir la escritora brasileña: «La escritura es mi dominio sobre el mundo». De ahí su siguiente declaración: «Pero para llegar a esos espacios nuevos, preciso de la corrección y la reescritura. Es eso lo que afila el lápiz, sin filo no hay precisión, y sin precisión no puedo llegar al fondo de las cosas».

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Samanta Schweblin

-El dominio, el control-

La escritora Sara Mesa, a raíz de los relatos de Siete casas vacías, afirma que estos textos «contienen una pequeña bomba a punto de explotar, sin efectismos ni gratuidad». Estoy totalmente de acuerdo y por ello me interesa saber si existe una fórmula para crear la tensión precisa en el cuento/relato que no llegue a incomodar al lector. ¿Dónde está el límite, si es que lo hay? Teniendo en cuenta que Schweblin entiende la escritura como un ejercicio de exorcización, no sé hasta qué punto eso hace peligrar la relación autor-lector si la emoción que transmite resulta demasiado “fuerte”. La autora de la también magistral Distancia de rescate (Literatura Random House) lo tiene claro: «Bueno, eso es pura intuición, sería muy difícil para mí intentar explicar cómo encuentro ese límite. Pero lo que es seguro es que es un límite que me resulta muy, pero muy interesante, apunto a él siempre, en casi todas mis historias. Y supongo que la herramienta básica para medirlo es mi propia experiencia como lectora. Sé hasta dónde puedo llegar si se me entrega algo a cambio». ¿Y qué clase de lectora es Samanta Schweblin? «Soy escritora de cuentos porque soy lectora de cuentos», exclama.

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-Ser práctica, pero imaginando-

Schweblin dice que se enamoró de la literatura leyendo la literatura latinoamericana pero que siente que aprendió a escribir leyendo a los autores norteamericanos. «Me siento un poco en medio de ambas tradiciones, donde el mundo sigue siendo latinoamericano pero busco todo el tiempo ser muy efectiva en lo que cuento», confiesa al otro lado de la línea telefónica. Y ese grado de efectividad en lo narrado, ¿se hace más patente en el cuento o relato breve? «Las novelas que me gustan, y casi me animaría a decir las buenas novelas, son novelas hiperefectivas. Vos tenés La vida entera, de David Grossman, que es un “ladrillo” de 800 páginas al que no le sobra una coma, es una maravilla. O El maestro y la margarita, de Míjail Bulgakov, otra obra de casi 500 páginas a la que no le sobra nada. Así pues, la efectividad no tiene que ver con la exigencia del relato corto», reflexiona, para acto seguido analizar que, «por supuesto, en el relato corto, además de una cuestión estilística y de condensación, hay que crear un mundo tan grande como el mundo de la novela que tenés que mostrar en diez páginas, que tenés que justificar en diez páginas y debe golpear en diez páginas. Eso, sí es verdad, requiere maneras más bruscas, más pensadas».

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-La cuentista y su proceso-

Ciertamente, considero un mayor reto para el escritor el hecho de condensar en un espacio mínimo todo ese mundo que puede abarcar una novela de gran extensión. Por ese motivo, últimamente siento cierta predilección por los libros de cuentos donde, como me explicaba la argentina, «toda esa cantidad de cosas que son necesarias para contar una buena historia, ese ejercicio previo para una novela de entender qué querés contar, encontrar un personaje, un clima, una geografía… no lo hacés una vez, lo hacés ocho, diez, quince veces. Un libro de cuentos no lleva más trabajo pero sí más tiempo, porque todo eso se tiene que gestar, tiene que pasar por el cuerpo, por la cabeza, y uno debe luchar con esas ideas cada vez. Por eso, también, creo que es más difícil leer un libro de cuentos que una novela, porque ese ejercicio que realiza un escritor también lo tiene que hacer el lector».

Y dentro de todo ese proceso tan complejo… ¿cómo saber que un relato está terminado? «Hay una lucha entre lo que uno quiere contar y lo que de verdad logra contar. De esa lucha sale un material, una gran cantidad de material. De hecho, para mí el primer manuscrito no es un cuento, es material, y lo que hago con él es luchar descaradamente», advierte la escritora argentina, quien cree que la clave de todo radica en darse cuenta de lo que realmente quiere contar/transmitir, además de dar a leer lo escrito a otros. «Me sirve mucho la lectura de los otros», declara, y agrega que, «una de las cosas más difíciles que un escritor tiene que aprender es a leer(se), a leer lo que realmente está diciendo el texto y no lo que uno quisiera que diga el texto».

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-La literatura, el yo-

Por más que pudiéramos charlar y charlar durante horas, soy consciente de que todo llega a su fin. No quiero robarle más tiempo, pues sé que anda enfrascada en una campaña de promoción brutal tras recibir el IV Premio Internacional de Narrativa Ribera del Duero con sus “casas vacías”. Ahora todo el mundo habla de Schweblin, escribe sobre ella, opina sobre ella. Y seguirán haciéndolo, estoy seguro. Su narrativa resulta extraordinaria, sugestiva y atractiva. Es buena, muy buena. Puede que la fórmula de su éxito radique en ese amor que profesa a la propia literatura, un amor que suele explicar a través de la historia de su abuelo paterno: «Con 17 o 18 años, mi abuelo formó parte de la guerrilla francesa, de avanzada. Solía levantarse a las 4 o las 5 de la mañana, cuando todavía no amanecía, agarraba su bicicleta y pedaleaba hasta el batallón enemigo y, a escondidas, se acercaba lo más posible a ellos y trataba de escuchar cuál era el siguiente paso que iban a dar, qué planes tenían, trataba sacar información. Luego, volvía a su batallón con la mayor cantidad de información posible. Para mí escribir es exactamente ese recorrido. Es mi manera de asomarme a un abismo muy peligroso donde está todo lo oscuro, donde están mis miedos, donde están las cosas que no puede terminar de entender, las preguntas que me hago… Y de alguna manera, vivir en carne propia todo eso, tratar de experimentar con todo eso y sacar algún tipo de revelación, de información, para la vida real y volver a la vida real lo más ilesa posible. Eso es lo maravilloso de la literatura, te da la oportunidad de hacer ese ejercicio, casi de prueba, y enfrentarte a estas cosas sin lastimarte, sin lastimarte del todo, permitiéndote volver a la realidad con mucha, mucha información». La literatura, en definitiva, para entender(nos).

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