La poesía es como el dodo. Charlando con Ángel Ortuño

Ángel Ortuño

Para no sucumbir en un estado perenne de cabreo, lo mejor que uno puede hacer es abrir su mente explorando; viajando, en definitiva. Ya lo decía el filósofo, crítico e historiador francés Hippolyte Adolphe Taine: “Viajamos para cambiar, no de lugar, sino de ideas”.

Observar y conocer de cerca otras culturas, otras formas de entender la vida, provoca que veamos la realidad de un modo mucho más consciente. Al conocer otros lugares alcanzamos a ver quiénes somos realmente, llegamos a comprender cuál es nuestro papel en este teatro, pues nos alejamos del rol que solemos interpretar en esa, a veces, agotadora rutina para dejar pasar a un YO que permanecía oculto, un YO hasta cierto punto más libre y liberador. Dejamos de ser hijo, hija, hermano, hermana, padre, madre, trabajador subyugado, marioneta… Viajar es una droga, la afirmación de que toda inquietud nos hace estar más vivos. Hay que curiosear, claro que sí. Por eso fui a México. Por eso y otras muchas cosas, claro, como visitar por vez primera la FIL, Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

Mi primer recuerdo claro en esa pequeña aventura es una mancha de aceite en mi pantalón. Fue en el avión, en ese Boeing 777-200 ER o Boeing 737-800 o qué sé yo, no entiendo de aviones; y mi torpeza, la causa. Esa mancha, densa, odiosa, que emborrona la sonrisa idiota que traía puesta, esa sonrisa medio inocente de alguien que va en busca de una certeza, esa sonrisa nerviosa de puro miedo. Ver cómo el aceite penetraba irremediablemente en el tejido del pantalón me hizo comprender que yo no era nadie, un personaje deslucido a merced de cualquier insignificancia. Me sentí derrotado. Entonces, dormí, como queriendo pasar desapercibido. Al despertar, quince minutos después, más nervios. Nervios en el aterrizaje, nervios al implementar el formulario de migración, nervios en todos y cada uno de los controles de aduana. “Sí, soy un niñito cobarde, temeroso, que sigue amarrado a la teta de su madre”, me digo a mí mismo. Acto seguido, hincho los pectorales, corrijo mi postura y me disfrazo de macho alfa. Grito, en el interior de mi cabeza, que no debo temer nada. Tout va bien! Tout va bien! Esta historia de la chingada, de papas locas y enchiladas, de coreanos apellidados Chong y literatos que alimentan su ego no había hecho más que comenzar. Y así fue.

Siete personas en un mismo taxi, cajetas que seguro producen diabetes crónica, micheladas, chilaquiles, birrias de chivo y tortas canadienses, mexicanas, norteñas, italianas acompañadas de agua de horchata, y jugos, y tripas que se hinchan al borde del estallido. Tlaquepaque, Chapultepec, Mezquitán y Zapopan, lugares que nunca supe, que jamás imaginé, iban a formar parte de mi memoria cartográfica. San Juan de Dios, mercado de mercados, un mundo subalterno, una forma de vida. Guadalajara, Jalisco, México.

Entre todo ese vendaval de experiencias, un nombre propio, Ángel Ortuño. ¿Y quién es él? Pues aunque mi opinión de nada sirve, un poeta extraordinario, con un sentido del humor que hace temblar. Para entenderlo, hay que leerlo. Ortuño no es un poeta al uso, de palabras facilonas y paisajes bucólicos. Él, por decirlo de algún modo, se ríe de todo, pero se ríe con gracia, a contracorriente. Goza de una gran inteligencia y, lo que creo más importante, confianza en si mismo para escribir ciertamente lo que se le antoja, y escribirlo de un modo agudo, con sentido crítico. Durante la FIL presentó su poemario 1331, publicado por la Dirección General de Publicaciones de Conaculta, junto a Daniel Saldaña y Víctor Cabrera; leyó algunos de los poemas y cautivó con su ironía. Aquí un poema suyo y luego, luego una mini-entrevista:

DÓNDE Y CÓMO COMPRAR TIGRES

 Si no les gusta el clima del lugar donde vives

no tires tu dinero:

en 400 años se han comido un millón de personas

y no todos han sido

aldeanos desnudos,

incluso coroneles británicos que van sobre elefantes

y prefieren la jungla

a sus esposas

han terminado siendo apenas mal aliento

para los treinta dientes que ahora

puedes comprar en línea.

1331

.Pregunta: ¿Crees en la literatura/poesía como autotraducción, para llegar a entenderse uno mismo y entender a los demás?

Respuesta: No. Yo no quiero entenderme. Nadie quiere entender. Algunos lo simulan pero no son convincentes.

P: Tus poemas contienen un lenguaje cercano, más “entendible”. La poesía, muchas veces, ha sido vista como algo elitista, demasiado “pura”. Sin embargo, tú parece que la “terrenalizas”. ¿Me equivoco?

R: La poesía entendida como la parcela enrarecida del diccionario me divierte, pero me resulta imposible practicarla. Me gana la risa. Todo el lenguaje es raro. Hasta el habitual. Sobre todo el de a diario. En cuanto termino de decir una frase, me siento la esfinge. Todo es raro. Nada es normal.

P: Al leer tu último poemario, 1331 (Conaculta), uno alcanza a ver que tus inspiraciones no son, lo que se dice, muy comunes. Noticias aparecidas en los periódicos que podrían calificarse de surrealistas, breves incursiones en la historia medieval del Japón, grupos de heavy metal, flora y fauna… ¿Cómo lo haces? ¿Qué proceso extraordinario o rocambolesco o maquiavélico o excéntrico llevas a cabo para interpretar todas esas imágenes?

R: Cuando era niño me dejaron ver, impunemente, series japonesas: Monstruos del espacio y Señorita Cometa tienen la culpa de todo. ¿Cómo lo hago? ¡No tengo más remedio! Es lo que sé hacer, lo que en una sociedad más organizada –como la que quería el señor Platón– me habría mandado destazar en la roca Tarpeya.

P: ¿Tu sentido del humor podría definirse como puro sarcasmo?

R: Como impuro sarcasmo.

P: Literatura canalla, extrovertida, transgresora… ¿Es Ángel Ortuño un canalla concienciado y concienzudo?

R: Uno de mis proyectos inmediatos es mandar imprimir una playera con la leyenda CA/ NA/ LLA. Y usarla yo y que me crean.

P: ¿Sería acertado decir que utilizas la literatura como vehículo para protestar sobre la realidad actual? ¿Es tu poesía –o podría llegar a convertirse en cierto grado– promotora de un cambio social por mínimo y breve que éste sea, o puro divertimento?

R: Sí sería acertado. La realidad actual es un asco. Ahora, tampoco es cuestión de baños de pureza sino de lodo: ese asco me divierte. Ahí está el triste asunto de mis versitos.

P: Desde tu perspectiva, ¿cuál crees que es la situación de los autores mexicanos en el propio México? Lo pregunto porque escritores como Guadalupe Nettel, Valeria Luiselli, Álvaro Enrigue o ¡¡¡Sergio Pitol!!! parecen ser auténticos desconocidos.

R: Jajajajajajajaja. Refieres autores a los que leo con devoción. Si ellos son desconocidos, yo soy una ameba. Esa es la situación.

P: Desde hace décadas auguran la muerte de la novela. Supuestamente, si la novela es el “género mayor” de la literatura –algo absurdo, por otra parte–, ¿es la poesía un género en vías de extinción? ¿De qué vive un poeta hoy? ¿De qué vive un poeta mexicano hoy?

R: La poesía es como el dodo: extinta sigue viva. ¿De qué vive un poeta mexicano? De cualquier otra cosa.

P: ¿Cuáles han sido los maestros de Ángel Ortuño, aquellos autores que le llevaron a hacer de la palabra su forma de vida?

R: La lista es extensa pero me gusta siempre mencionar a un poeta mexicano que para mí fue una absoluta revelación. Nada fue lo mismo después de leerlo (y eso sigue ocurriendo, si quieren comprobarlo): Manuel Maples Arce.

P: Sin buscar polémica (o sí), citas como la FIL, ¿qué te sugieren? De los datos oficiales puede extraerse que cerca de millón y medio de personas visitaron la feria y, sin embargo, parece que en México no hay lectores, ¿o sí hay pero se esconden por temor a que los tilden de “chalados”?

R: Uno supondría que una feria del libro tan importante (“la segunda después de la de Frankfurt”, dicen como en aquel chiste del concurso de himnos donde siempre gana La Marsellesa y luego sigue el himno del país al que pertenece quien cuenta el chiste) se celebra en una ciudad cuyos habitantes leen y leen y leen. Yo trabajo en una biblioteca pública y sé que sí, que muchos leen; si eso difiere de las cifras de quienes pueden adquirir la mercancía denominada “libro”… bueno, eso son asuntos de este obscuro y terrible mundo.

Un Comentario

  1. Ortuño debería ser material de lectura en los libros de la SEP.

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