Guardianes, libertadores, amigos

Dígase reticencia, incredulidad o simplemente cabezonería. Los libros en papel son y serán compañeros fieles de los buenos lectores, aquellos celosos de su intimidad, pacientes amantes que devoran páginas y se alimentan de las historias que en ellas hay impresas.

Por más que existan personajes dispuestos a acribillar con sus triquiñuelas la ilusión de los inocentes, todavía quedan guardianes, libertadores, amigos del saber que hacen de las artes y las letras su bastión inquebrantable. Basta ya de engaños, la riqueza ha de ser espiritual porque somos seres que buscan el romanticismo, unos enamorados de la idea que necesitan comprender cuanto les rodea, que sienten y buscan compartir con el resto todo hallazgo cultural, por nimio que este sea. No lo olviden, somos cultura, la creamos y la difundimos, la maltratamos.

La esencia de todo, aunque no lo creamos, reside en la sinceridad para con uno y el respeto hacia los demás. Si a eso le añadimos ciertas dosis de buen humor, la vida no tiene porqué resultar asfixiante. Quizá por ello, la literatura sea uno de esos reductos del alma y los libros nuestros confidentes, maestros y bienintencionados compañeros de correrías. Es por eso, entre otras muchas cosas, por las que me declaro abiertamente un bibliófilo empedernido. Es por eso que, cuando descubro a otras personas de similar perceptibilidad, sonrío como un pobre tonto.

Escribo estas líneas no para congraciarme con ningún terrícola de bolsillos llenos que me financie una estancia en vayaustedasaberdónde. Tampoco quisiera hacer un discurso “yoyoísta”, donde imprimir todas y cada una de mis inquietudes y, así, aburrir al lector. Hace ya tiempo que tengo bastante claro el hecho de que el interés suele ser pasajero. El ayer se olvida fácilmente, el hoy ya no importa y el mañana está por ver. Sin embargo, a través de un simple vídeo, he sentido la necesidad de intentar escribir un discurso en pro de las librerías, esos centros inequívocos de la erudición e, insisto, guardianes, libertadores, amigos.

No recuerdo exactamente cuándo fue la primera vez que entré en una librería. Lo que sí recuerdo, y no me siento muy orgulloso al reconocerlo, es cómo odiaba leer en el colegio. Las lecturas obligatorias me parecían crueles y, sobre todo, aburridas. Confieso que durante mi adolescencia los libros pasaron a un segundo plano. No obstante, el reencuentro fue notable. Empecé a devorar páginas y páginas, empecé a soñar despierto, empecé a sentir que tenía un propósito en la vida. Mi objetivo fue entonces, y lo es ahora, hacer de la literatura mi pequeña ciudad de mitos y leyendas, un rincón donde sentirse protegido bajo el poder de la palabra. En este sentido, son las librerías las encargadas de hacer que prevalezca esa magia. No todas logran este propósito, para desgracia nuestra. Muchas de ellas malviven por culpa de esa cosa que insisten en llamar progreso. Otras, incluso se quedan sin aliento, perecen. Es entonces cuando me pregunto, ¿por qué?

Inmersos, como estamos, en una era donde la inmediatez debe ser TODO, se pierde la gracia de vivir. Aunque suene chistoso, la vida hay que saborearla. Cada momento de nuestro periplo debe ser considerado como un privilegio y, por tanto, no es una locura creer en un rescate. Si ya lo decía Séneca, el gentilhombre: “rescátate para ti mismo”. Y si eso no os convence, el escritor, filósofo y pensador romano también acertó al expresar: “arrebaña las horas con entrambas manos. Así resultará que dependerás menos del día de mañana si tuvieras bien asido el de hoy”. Me aprovecho de Séneca para intentar aclarar que la calma, el mimo y el cuidado son valiosos elementos para disfrutar de cada jornada. Existen librerías capaces de ofrecer todo eso, y más. El problema radica, si bien suena un tanto extraño, en su clandestinidad; algo que, por otro lado, resulta lógico, pues la supervivencia no tiene un patrón fijado. Hete aquí el momento en el que el lector se erige en aventurero, en buscador paciente, un bohemio al que miran extrañados –si eso ocurre, agachar la cabeza no es una opción; no habrá paz para los cabizbajos–. No amedrentarse.

Debido a que la ciencia no ha dado aún con la posibilidad de teletransportarse ni tengo el don de la omnipresencia, no conozco todas esas guaridas en las que encontrar valiosos documentos escritos años ha. Sin embargo, es tal su poder de atracción que uno quisiera perderse entre mota y mota de polvo añejo. A pesar de todo, una buena librería no sería tal cosa sin un buen librero/a; personas preocupadas por el bienestar común, un tanto solitarias pero que rebosan entusiasmo. Un ejemplo es el de Michael, el dueño de la librería Brazenhead Books de Nueva York, quien ha dedicado su vida al libro. Y como él, tantos otros acá y allá. Parecen que son una raza extinta, pero nada más lejos de la realidad. Existen y son necesarios. Como la buena literatura.

* Les dejo con el vídeo que Andrew David Watson dedicó a Brazenhead Books. 

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