Inquietudes y certezas. Charlando con Jordi Corominas i Julian

Decía Elbert Hubbard, filósofo y escritor estadounidense cuya obra más famosa quizás sea Un mensaje a García, que “el arte no es una cosa, sino un camino”. La pregunta que vendría a continuación sería, ¿un camino hacia dónde? Infinitas serían las respuestas. Cada autor, creador o artista –como quieran llamarlos– tiene una opinión propia al respecto. Los hay que a través del arte buscan vanagloriarse, sentirse dichosos y provistos de una riqueza material que les permita vivir de forma cómoda y sin sorpresas. Existen otros que, por el contrario, se sirven de la expresión artística para plasmar sus sentimientos, exorcizar sus miedos, autoanalizarse o criticar el mundo que les rodea. También podríamos citar un tercer grupo que, únicamente, desean despejar su mente y hacer del arte un acto de puro divertimento. No entraré al trapo aquí sobre quiénes me inspiran mayor confianza y respeto, no quisiera ganarme las punzantes miradas “asesinas” de muchos de ellos. Tan solo diré que prefiero a los honestos, que alguno queda.

Jordi Corominas i Julian sería uno de esos autores íntegros porque cree realmente en lo que está haciendo –al menos, esa es la sensación que obtenemos haciendo un alto en el camino y valorando su trabajo–. Poeta, escritor, crítico literario… Es un ser inquieto, de eso no hay duda. Una de esas mentes que prefieren mantenerse despiertas para evitar caer en ese letargo intelectual que algún que otro listillo –llámense políticos– desea en pro del bien común. Y a base de inquietudes y certezas, Corominas ha ido desarrollando una intensa actividad en torno a la literatura hasta forjarse una carrera que envidiamos profundamente –oh, si, te envidiamos Jordi–. Pero tranquilos, no haremos aquí una larga enumeración de sus triunfos. A pesar de la admiración que le profesamos, creemos que es mejor leerle –sea en su blog personal, sea en Revista de Letras, sean en sus poemarios y demás– para conocer su modo de pensar y actuar. Y si lo que buscan es tener una experiencia más intensa, acudan a alguno de sus espectáculos loopoéticos loopesía es amorrrrrrr!–.

El autor barcelonés acaba de presentar en sociedad su última novela José García (Barataria). Aquí, Corominas realiza un paseo por el barrio de Gracia a modo de introspección. No es un viaje cualquiera y, por tanto, la aventura promete. Ante nuestro afán por husmear en las vidas literarias ajenas, no pudimos resistir la tentación de averiguar un poquito más sobre un humanista –porque lo es– que hace de ese universo de letras un lugar mucho más accesible, atractivo y enigmático para aquellas personas que intentar saciar su curiosidad mediante esos guardianes de la cultura llamados libros. Y con esto, y un bizcocho, entra en escena el bueno de Jordi, quien de forma muy certera dijo una vez que debemos “mimar lo cotidiano para entender lo profundo”. Así sea.

Jordi Corominas i Julian junto al señor Rovira

Pregunta: Antes que nada, quisiéramos saber qué se siente al ser un entrevistador entrevistado.

Jordi Corominas: Pues no es la primera vez, pero cuando me entrevistan intento no pensar en que normalmente soy quien formula las preguntas, aunque un diálogo tiene sus trucos y por lo tanto a veces pienso en los que puede usar la persona que tengo delante. Al fin y al cabo la entrevista ideal debería ser como una charla de bar, amena, saltando de tema con fluidez y con ganas de pasarlo bien a través del intercambio de información.

P: Existen dudas (no sabemos hasta qué punto infundadas o no) sobre la capacidad intelectual que se desarrolla en España. En otras palabras, se critica la falta de interés que muestra una gran parte de la sociedad hacia la propia cultura, el ámbito de las artes y las letras. Sabíamos desde hace tiempo que ya nadie se cree nada pero… Desde tu punto de vista, ¿hay lugar para la esperanza? ¿Aquellas personas que buscan enriquecer su intelecto están obsoletas?

J. C.: Siempre hay lugar para la esperanza, y en tiempos de crisis se han logrado resultados extraordinarios. Naturalmente no soy optimista, y menos en lo relativo a la educación de los que vienen, pero la cultura ha demostrado a lo largo de la Historia que en épocas de agotamiento sistémico, como la que nos toca vivir, es posible formular cambios trascendentales. Por otra parte me parece evidente que los medios de comunicación venden una imagen cultural estándar que no se ajusta a lo que vendrá. Es normal, defienden unos intereses y quieren privilegiar modas desde lo efímero, algo ciertamente problemático que coarta la consolidación de propuestas interesantes. La mezcla del fast food y una cierta gerontocracia mediática completan el desolador conjunto, pues pese a que las redes sociales bullen de literatura no debemos creer que eso signifique nada a nivel de calidad. La pregunta es muy compleja y me lleva a otro punto, que es el del compromiso intelectual, nulo porque el mismo modelo de sociedad anuló tras la caída del muro de Berlín la importancia del hombre de cultura, algo que deberíamos recuperar con urgencia.

P: Slavko Zupcic nos hablaba de la “medritura”, de que él se considera “medritor”. En tu caso, es casi inevitable no asociarte con el término “loopoeta”. ¿Estamos ante una evolución pokemon? Explícanos en qué consiste exactamente la “loopoesía”, ¿cómo y dónde surgió todo este concepto/idea?

J. C.: Loopoesía evoluciona y su límite no existe. La idea nació a partir del poema río Las nocheviejas del Patriarca. Me apetecía musicalizarlo, hablé con Neill Higgins y él se encargó de la tarea. Luego, en una noche loca en el bar Fantástico de Barcelona, pensamos que sería genial montar un espectáculo. Me pondría una máscara, gritaría Carmen, lanzaría gominolas al público y el poemario sonaría con la música de Neill. Ese fue el punto de partida. Luego todo fue sofisticándose. Alargamos el tiempo del show, incorporamos a una bailarina y yo decidí que cada año escribiría una nueva suite para proponer un nuevo show a la gente.

En 2010 Neill dejó Loopoesía y empecé a encargarme de las músicas. Por aquel entonces contaba con Laura Fillola, una bailarina excepcional en improvisación y una persona brillante. Al quedarnos solos potenciamos el todo, sobre todo desde la misa loopoética que coincidió con la visita de Ratzinger a Barcelona.

En 2011, aún con Laura, escribí el poemario sobre el negro de Banyoles y mezclé las músicas, preparé unas proyecciones que complementaran los versos, los objetos y mi interpretación escénica. El show dio un salto de calidad al tener una estructura menos anárquica y mucho más definida, algo que se ha consolidado a lo grande en 2012 con el show del Gladiador silenciado, espectáculo que hago solo y que cuenta con el apoyo de la editorial Versos&Reversos, que ha publicado el poemario. En 2013 el proyecto seguirá creciendo y lo único que puedo decir es que siento explicar tan poco, lo mejor es acudir a Loopoesía y descubrirla.

P: Has presentado recientemente tu novela José García (Barataria). En ella ofreces al público lector una Barcelona diferente a la que solemos asociar normalmente, esa urbe cosmopolita y diseñada al milímetro. ¿Hasta qué punto era necesario para ti redescubrir tu ciudad? Desentraña para nosotros tu creación, por favor.

J. C.: Los paseos son una de mis mayores fuentes de inspiración. Camino sin cascos por la ciudad, observo e intento captar la totalidad del fenómeno urbano. Viví dos años en Roma y cuando volví a Barcelona la detesté. Me parecía provinciana, y aún creo que así es, es una ciudad muy señora de mente limitada, pero al menos la llegada de muchos extranjeros permitió que me reconciliara con ella. Lo paradójico es que la Barcelona de José García se enmarca en un barrio progresista aunque tradicional. Gracia es una maravilla de cotidianidad, y los personajes de mi novela son gente normal. A lo largo de mi trayectoria abordar esta normalidad anormal ha sido una constante, siempre desde el detalle y con plena conciencia que el espacio donde residimos condiciona nuestra existencia. Un personaje romano no tendrá el ADN de un barcelonés, y viceversa. Eso me lleva, y sé que algún día lo haré, a plantearme la posibilidad de irme a otro lugar para ver cómo puede evolucionar mi escritura. Paso bastantes momentos del año en Madrid y cuando escribo en esa ciudad noto que mi ritmo se acelera. En fin, cosas que pasan.

P: En plena era tecnológica, la aparición de blogs, páginas web y las distintas redes sociales provocan un intercambio brutal de información instantánea que casi asusta. Muchas personas se muestran reticentes a la hora de valorar la calidad y legitimidad de muchas publicaciones literarias que aparecen en estos nuevos formatos. No obstante, y aunque no guste, es el presente y, según parece, también el futuro de la comunicación. Tu mismo tienes un blog bastante popular ¿Cómo hacer para convencer a los incrédulos de que existen espacios interesantes, con algo válido y jugoso que aportar en el ámbito de la literatura actual?

J. C.: Quien hace crítica literaria en un blog tiene que basarse en unos parámetros de profesionalidad intachable. Es muy bonito ser leído, pero al fin y al cabo lo único válido es que mediante un estilo y una forma de analizar los libros informas a personas interesadas en ellos, y eso es algo que no puede hacerse sin rigor. Hay que tener determinados cimientos y honestidad. Mi bitácora es un punto com, un archivo de publicaciones y actividades que se diferencia de otros espacios de la web al ser blanco. No busca polémica de ningún tipo, evita trolls y cede los textos a las personas para que los disfruten.

P: Cuéntanos algún secreto, anda!

J. C.: Soy un maniático, me gustan los huevos fritos, los calamares y creo que me gustaría retirarme a un pueblo de montaña para desaparecer, escribir y ser jardinero.

P: Asombra la certeza de comprobar la cantidad y variada oferta editorial que existe en España. Las llamadas “editoriales independientes” (término que no acabamos de comprender muy bien o simplemente no nos gusta) nos abastecen mensualmente con sus novedades. Sabemos que el mercado no está como para echar cohetes pero creemos que somos afortunados de poder (re)descubrir tantas y tantas obras y autores. Quizá, el único problema sea que no tengamos tiempo para leerlo todo, ¿no crees?

J. C.: Las editoriales independientes lo son porque no dependen de grandes grupos. Otra cosa es que sean adalides de un tipo de modernidad. Recuperan y nos descubren clásicos, algo lógico si se considera el tremendo atraso cultural de España, y su labor es maravillosa para una selecta minoría, pero es eso, no deja de ser un grupo reducido que choca con la enorme cantidad de libros que se publican al año. Seguramente estamos ante una burbuja literaria que no sólo afecta a este boom editorial, sino también repercutirá, y ya me darán razón los años, en los nombres que permanecerán en el panorama cuando pasen los decenios.

P: Confesamos ser fans de tus reseñas y críticas literarias. Las leemos con gozo (que dirían en otro tiempo). ¿Eres totalmente sincero a la hora de realizar la crítica? Decimos esto porque muchas veces pecamos de no querer ofender a propios y extraños, de modo que puede llegar a resultar que todo en la vida es bello cuando no es así.

J. C.: Las reseñas son lo que son. Lo único que hago es que mimo mucho su lenguaje y su ritmo narrativo, además de introducirlas con un contexto que permita al lector adentrarse en lo que vendrá sabiendo bien de que se habla. Son piezas que no pretenden ser textos de usar y tirar, ojalá alguien encuentre una crítica y pueda leerla tiempo después, están escritas con esa intención, y creo que la gente lo agradece. En relación a la sinceridad la cosa es más complicada. Obviamente digo lo que pienso, pero las reseñas deben leerse entre líneas también. Tengo suerte porque suelo reseñar obras que me interesan, lo que no quiere decir que mis elogios las conviertan en monumentos, de eso hay muy poco.

Por otra parte lo que me sorprende, y que yo mismo debería hacer más, es la ausencia de una crítica que se atreva a criticar sin ser salvaje y despectiva. Eso seguramente se debe a que en el mundillo se conoce todo el mundo y una bala, por muy elegante que sea el disparo, no desaparece tan fácilmente del cuerpo impactado.

P: ¿El libro más fácil que hayas criticado? ¿Y el más difícil? (que recuerdes, claro está)

J. C.: Me lleva mucho tiempo escribir una crítica, en cualquier cosa que hago cuido mucho la estructura, es una de mis obsesiones. No recuerdo un libro que me haya resultado más fácil de reseñar que otro. Difíciles muchos sí, ahora mismo recuerdo La luz es más antigua que el amor de Ricardo Menéndez Salmón como una novela muy difícil de reseñar, y cuando eso sucede es mérito del escritor.

P: ¿Hasta qué punto música y literatura están conectados para ti?

J. C.: Hay una conexión absoluta que en lo poético parte del origen de los tiempos, el verso y la música deberían conectar siempre, por respeto a la esencia y al público, que creo siempre se aburre más con los recitales tradicionales, que si siguen con ese formato serán siempre más minoritarios y alejados de la realidad. Las artes deben renovarse y evolucionar, es algo obvio. A nivel personal no puedo vivir sin música y reconozco que grupos como The Beatles, Pink Floyd o Blur me han influenciado más que muchísimos escritores.

P: ¿Qué se necesita para escribir y escribir bien?

J. C.: La pregunta del millón. Seré clásico en la respuesta: trabajo y talento, leer mucho, observar y aprender. Puedes escribir como los ángeles, pero eso no servirá de nada si el contenido no acompaña. Es una cuestión eterna, nadie tiene la fórmula.

P: ¿Hacia dónde crees que se dirige la actual literatura?

J. C.: No lo sé. Me gustaría que surgieran textos más comprometidos y que abordaran la realidad sin pensar que España es Estados Unidos, y no necesito decir más. También me gustaría que salieran más buenos poemarios y magníficas novelas y menos fotos estupendas de niñas y niños bonitos, eso ayudaría. Por otra parte creo que hay una generación interesante en ciernes, más en los treintañeros que en los veinteañeros, una generación con un abanico temático y formal muy diverso, lo que sólo puede enriquecer el estado de las cosas.

P: Sin pensarlo mucho. Dinos un autor de lengua extranjera y otro de “la tierra”.

J. C.: T.S. Eliot y Joan Salvat-Papasseit.

P: ¿Por qué los elegiste? (acertaste, era una trampa!)

J. C.: Eliot para mí es la poesía en estado puro, con vocación experimental y un absoluto dominio tanto de la tradición como de la vanguardia. Papasseit es el poeta catalán con el que me siento más identificado por su afán rupturista, una voluntad política y unos versos que van más allá del libro.

P: ¿Eres amante de lo absurdo?

J. C.: Por supuestísimo, me encanta lo absurdo, pero ojo, creo que es algo que se comprende mal. El absurdo está en todas partes, lo tenemos siempre cerca, sólo hay que tener voluntad de captarlo y surge.

P:  Aunque sabemos que estás en plena promoción de José García, ¿puedes adelantarnos algún otro proyecto en el que te veas inmerso?

J. C.: Hoy es el primer día de paz absoluta que tengo en meses. Descansaré unos días y dedicaré el verano a proseguir una investigación que tengo entre manos sobre Enriqueta Martí, un personaje de la Barcelona negra del que se han dicho muchas barbaridades para vender más periódicos y montar bonitos documentales. El otro proyecto es empezar a trabajar en Loopoesía 2013. El poemario será más largo que el de este año y una vez lo haya terminado iré a por la música, las imágenes y la concepción escénica del espectáculo, que a buen seguro incorporará muchas novedades, desde instrumentos hasta más interacción con el público.

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