A la sombra de un cubata… Nacho García ‘Nas’ on the road

Siempre he pensado que la barra de un bar es la atalaya perfecta para otear el claroscuro en que se han convertido las vidas de quienes, hartos de tropezar contra el desamor, se refugian en el humo cómplice de tugurios como en el que acostumbro a pernoctar. En el diván de la luna es fácil mecerse nostálgico, pero cuando, como yo, la encuentras sólo en la rodaja de limón de los cubatas, te vuelves tan escéptico que crees que el amor es poco más que un anuncio mal rodado y, sobre todo, porque sabes que las mujeres que acarician tu pecho ya no buscan protección ni tu latido, sólo la cartera. No, no lo niego, las dos palabras más bonitas que puede regalarte una dama son, contra lo que la gente cree, “invito yo”.

Sin embargo, aquella madrugada, las puertas del viejo Locks se abrieron y, con ellas, los labios de una mujer que parecía gravitar, etérea pero carnal, cuando decidió encenderse un cigarro y la estancia se llenó de humo. No tengo que decir que ni Moisés hubiera conseguido ayuda divina para atravesar el océano que latía bajo su vientre, así que, una noche más, tuve que encargarme yo…

No hizo falta demasiado… a este tipo de mujeres se las conquista con la naturalidad de quien no da importancia a su presencia. Si ella eclipsa con su luz, gafas de sol; si extiende sus bellas alas, tijeras de podar; si habla o trata con desdén, la indiferencia… rara vez he fracasado en este garito con técnicas así… pero no, no quiero ponerme estupendo. Sí, sí seduje a esa mujer, no lo niego pero, como todo caballero andante, o lactante en este caso (a sus pechos me remito), cuento con un fiel “escudero” que me baja de las nubes cuando me crezco. Él ha hecho de mí alguien humilde y en cada triunfo no duda en recordarme su verdad: “No presumas tanto, tío, que esto es  sólo un burdel,  joder… así que menos lobos, que en cuanto no tienes pasta aquí no te hace caso ni La Charito”.

Y su verdad me hace libre.

Nacho García ‘Nas’

 Nacho García ‘Nas’ (Valencia, 1978). Tuve la fortuna –si suponemos que trabajar bajo las órdenes de algún que otro pelele es ser afortunado– de compartir risas matinales con este ser de rostro enjuto (ojo, que no lo tiene en absoluto; a esto se le llama “permitirse ciertas licencias”, o mentir directamente para arrancar alguna que otra sonrisa al lector) durante algunos años. Compañeros de fatigas fuimos y ahora tengo el gusto de contar con su prosa para darle otro empujón a esta criatura iletrada que un día brotó de mi mente sin yo pedírselo.

Poeta, dramaturgo (para mi sorpresa; cómo te lo tenías callado bribónnnn) y ahora novelista, hace bien poco presentó A tres paradas de Nashville (Acen, 2012). En esta obra, Nas nos presenta a Carlos, Pedro y Maite, tres personajes que, en un primer vistazo, no tienen nada en común. Poco tardaremos en darnos cuenta de que este trío está unido por la pérdida –del amor, la pérdida de un ser querido o la pérdida de la cordura–. Para la ocasión, mi querido compañero de navegación deja a un lado ese humor extraordinario del que es poseedor para enfundarse un traje bordado de solemnidad y, sobre todo, sentimiento. Sin su permiso, os dejo un fragmento de la novela:

“La ciudad bosteza y la famélica madrugada engullo los restos más despistados del atardecer. A lo lejos, tan sólo un espeso silencio por el que resbalan con sigilo los astutos gatos en busca de alguna ventana abierta por la que deslizarse. Sólo eso… y poco más, salvo, cada dos o tres minutos, el murmullo de algún motor que resuena irrespetuoso en una noche que se antoja tan larga como la sombra de su ausencia. ¿Qué hace allí vigilando su portal? Ni idea, pero lleva semanas sin dormir y no puede evitar que sentirse próximo a su casa sea lo más cercano a estar vivo que recuerda, una sensación que abandonó en cuanto ella le espetó un lacónico ‘no aguanto más’ y se marchó de su lado. 

‘No aguanto más’. No creo que se diera cuenta, pero fueron las mismas tres palabras que tanta gracia les hicieron a ambos la primera noche que se acostaron.”

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