Divertidas peripecias, extravagancias. Charlando con Robert Juan-Cantavella

Leer el nombre de Trebor Escargot permite que ciertos músculos del rostro cobren vida y dibujen, tras unos efímeros nanosegundos, una incipiente sonrisa, quizá algo tonta pero siempre agradecida. Para un servidor, poco dado a reprimir esa cosa tan humana de la risa –que  un tal Mark Twain acertó en decir “es un arma verdaderamente eficaz”–, es necesario encontrar ciertas lecturas que tengan la particularidad de estar protagonizadas por algún que otro tipejo divertido y extravagante. Ese sería el caso de Escargot, esa especie de alter ego de un autor que, si me permiten la licencia, es una de las voces más potentes que existen en la actualidad, con su particular estilo que entremezcla el periodismo gonzo, el pulp y la ciencia ficción –aunque ahora también se nos desmarca publicando poesía–. Sus novelas El dorado y Asesino cósmico –ambas publicadas en Mondadori— le avalan y le sitúan, según creo, como uno de los escritores experimentales a tener en cuenta. Personaje-narrador-periodista, Robert Juan -Cantavella, merecía ser “víctima” de nuestra curiosidad.

Cuando tuve la ocasión de conocer a Robert tras la aparición de El dorado yo era un “pipiolo” en estas lides periodístico-literarias. En aquel entonces, como no podía ser de otro modo, mis preguntas carecían de atrevimiento y ese cierto toque “malicioso”. Lógico, yo era Nadie –sigo siendo Nadie– y pecaba de falta de picardía. Una picardía que, por el contrario, se muestra rebosante y con una salud de hierro en los textos de Robert Juan-Cantavella, marcados por un cinismo e ironía que, si les soy sincero, hacen falta ante tanto personajillo carente de juicio y sentido que cree tener la potestad de hacer y deshacer a su antojo y de manipular a una sociedad que cada día insiste más en no querer saber nada. El dorado permitía al lector contemplar una feroz visión sobre esos escenarios que nos venden como idílicos, dirigidos a las familias de clase media y que buscan convertirse en simples parques temáticos –llámese Marina d’Or, llámese lo que se les antoje–. A través del humor, de un surrealismo conciso, de un absurdo, Robert y su Escargot no dejaban títere con cabeza. Imagino que, ante tanta aventura satírica, debía proseguir su búsqueda de “divertirse” literariamente. Por eso Asesino cósmico es una novela fragmentada, donde cada capítulo puede leerse de manera individual pero donde la clave es ver la manera en que cada pieza va encajando hasta dar forma a la historia total. La obra es, además, un homenaje al género pulp, aquel que se nutría de historias policiales, o “de detectives” (suspense y thrillers), de ciencia ficción y fantasía, que aparecieron en revistas a mediados del siglo XX. Todo eso y más puede disfrutarse con su narrativa. El mundo literario de Robert Juan-Cantavella reactiva las neuronas, no lo olviden.

 

Trebor Escargot trabajando

Pregunta: Peripecias, situaciones grotescas, extravagancias, locuras, diversión… Estos términos suelen asociarlos a tu producción literaria. A partir de la farsa y el disparate, de una pizca de cinismo e ironía, logras realizar una crítica bastante dura sobre esta realidad nuestra que, ya de por sí, es una locura. ¿O nos equivocamos?

Robert Juan-Cantavella: Esa sería la idea. Las situaciones grotescas no existen por su cuenta y riesgo, somos nosotros los que las perpetramos, te las encuentras a cada paso. Yo tiendo a fijarme en ellas porque en una novela dan mucho juego, pueden resultar muy divertidas, pero también porque eso es lo que somos, ni más ni menos, eso es lo que nos explica, aunque tratemos de negarlo o ver sólo la paja en el ojo ajeno. Fíjate que los mayores transmisores de situaciones grotescas, encapsuladas y listas para consumir, son los telediarios y los periódicos, ahí coincido con ellos.

P: ¿Es importante para Robert Juan-Cantavella recibir elogios? ¿O simplemente te dedicas a escribir y a divertirte con ello?

R. J. C.: Trato de no pensar mucho en eso. Por otra parte, no sé muy bien por qué escribo, me lo he preguntado algunas veces y no he llegado a creerme ninguna respuesta. Pero bueno, todos tenemos nuestro corazoncito.

P: ¿Juegas a la metaficción? Y, por cierto, ¿a qué narices llaman metaficción?

R. J. C.: Metaficción es cuando la literatura juega con la literatura. Supongo que es una enternecedora forma en que los escritores aceptamos nuestras limitaciones, a veces nuestra impotencia, y trabajamos con los mimbres que conocemos o creemos conocer. Otra forma de verlo es como un juego del intelecto, que si está filtrado por la ironía puede resultar muy estimulante. Sí, he jugado algunas veces a ese juego, lo confieso, sobre todo en el libro de relatos Proust Fiction y en la novela Asesino cósmico.

P: Una curiosidad, ¿cómo te surgen esos nombres estrafalarios de tus personajes?

R. J. C.: Supongo que te refieres a los que aparecen en la novela Asesino cósmico: pues los saqué del santoral católico, sin ir más lejos, por lo menos en su mayor parte. Algunos, sólo unos pocos, eran nombres griegos. Nombrar a un personaje tiene su aquel, depende de la decisión que tomes podrá comportarse de un modo y no de otro, te resultará más sencillo lograr que haga ciertas cosas, que tenga miedo de otras, que sienta ira o ternura, que hable de una forma o de otra. Tiendo a evitar los nombres comunes, porque tiendo a evitar los personajes comunes. Según yo lo veo eso va unido, como una especie de cadena. Pero los nombres poco comunes no siempre necesitas ir a buscarlos a Marte, a veces basta con que haya pasado el tiempo. Lo único que hice con gran parte de los personajes de Asesino cósmico fue buscar nombres en desuso, nombres viejunos, en esa novela me interesaba mucho jugar con el futuro y el pasado, y los nombres de los personajes me sirvieron para anclar en el pasado una historia que sucedía en el futuro, que era el desequilibrio que andaba buscando… pero la mayoría de ellos, como te digo, figuran en el santoral.

P: Hace poco leíamos en un artículo colgado en la red lo siguiente: “¿Por qué elogiamos la fanfarronería de Hunter S. Thompson pero no la toleramos en Robert Juan-Cantavella?” ¿Eres o te consideras fanfarrón?

R. J. C.: Vaya… ¿eso dicen? En la novela El Dorado hice un planteamiento muy parecido a lo que hacía Hunter S. Thompson, un periodista norteamericano con mucho talento para escribir y un gran valor, más que fanfarronería, para afrontar el periodismo. Por lo menos lo tomé como modelo. Así que me inventé un periodista que hiciese el trabajo, pero que en lugar de escribir sobre Las Vegas escribiese sobre Valencia. Le llamé Trebor Escargot. Y sí, Trebor Escargot es un poco chuleta. Pero vaya, Trebor Escargot, no yo.

P: Mucho se ha hablado de tus novelas Asesino cósmico y El Dorado. No obstante, hace poco vio la luz un libro de poesía, Los sonetos, y una obra escrita a cuatro manos junto a Óscar Gual, El corazón de Julia. ¿Poesía y zombis se complementan?

R. J. C.: Ya ves, parece extraño pero sí… aunque no en el mismo libro, cada uno en el suyo. Del libro que escribí con Óscar, El corazón de Julia, estoy muy contento, ha sido una gran experiencia, escribir a cuatro manos puede llegar a ser muy interesante, además la historia es un disparate, muy divertida, llena de zombis y cantautores, y decimos lo que nos da la gana sobre lo que nosotros veíamos como un problema político serio. Y por si fuera poco no sólo éramos nosotros dos, en el libro también participa Riot Über Alles, un artistazo que hace las ilustraciones. Los sonetos es un libro muy distinto. La verdad es que no me veía escribiendo poesía, pero ahí está. No tiene nada que ver con el otro, que básicamente es una sátira. Aquí me interesaba más el lenguaje.

P: Últimamente, si abres un periódico puede darte un colapso nervioso por la cantidad de “malas noticias” que se leen y se escriben, sobre todo si son noticias procedentes del territorio que te vio nacer. ¿Algún consejo para sobrevivir?

R. J. C.: Ojalá lo tuviese, empezaría por aplicármelo. Lo cierto es que nos han llevado a un lugar muy feo, y han preparado para nosotros un futuro muy negro. Y sí, los valencianos, como sucede últimamente cuando se tratan estos temas, volvemos a estar a la vanguardia. Primero, con “Calle vostè, parle vostè” (qué culpa tendría el Tribunal de les Aigües…), y a renglón seguido con “Tómbola”, en Valencia inventamos el lenguaje televisivo del presente, hoy en día la televisión no se entendería sin aquellos precedentes. Y ahora también hemos estado en los primeros puestos a la hora de berlusconizar la política española. Tenemos cierta habilidad para el liderazgo, el pequeño detalle es que casi siempre es en temas más bien turbios. Berlanga era un cineasta realista, lo que pasa es que en nuestras tierras la realidad es otra cosa, por eso sus películas parecen también otra cosa.

P: ¿Periodismo punk o periodismo gonzo? ¿En qué quedamos?

R. J. C.: Mi Periodismo Punk es una burda imitación del Periodismo Gonzo de Hunter S. Thompson, pero en cualquier caso no ha pasado de un experimento para la novela El Dorado. Me pareció que la forma más drástica de inspirarme en ese escritor era hacer como él, inventarme una escuela a la que no invitaría a nadie más, y en la que reinaría en solitario. Así que el mejor modo que encontré de hacer Periodismo Gonzo fue no haciendo Periodismo Gonzo, sino Periodismo Punk, que es algo muy parecido, pero donde me reservo el derecho de jugar también con la ficción. A fin de cuentas El Dorado es una novela.

P: ¿Podemos saber qué autores te indujeron a darle a la tecla?

R. J. C.: Boris Vian. El pobre ingenuo que había en mí quería escribir historias como las suyas, como La espuma de los días, o como los relatos de El Lobo-Hombre. No es que sea mi autor preferido ni nada parecido, pero sí el que está en el origen de que empezase a escribir, o por lo menos uno de ellos. Sigue interesándome muchísimo, y curiosamente es una línea que tengo bastante aparcada. A menudo los primeros impulsos son los más importantes, quizá esté esperando el momento. O quizá algo dentro de mí ya sepa que por ahí no voy a ningún sitio, qué sé yo.

P: ¿Prefieres una buena historia/trama o un buen ejercicio/uso del lenguaje?

R. J. C.: No creo que una cosa se sostenga sin la otra. Una fantástica historia contada por alguien que no sabe escribir no es nada, de hecho ni siquiera es una fantástica historia, pues si no la hemos sabido escribir simplemente no existe. En el caso opuesto, tenemos muchos ejemplos de historias que podrían ocurrírsele a cualquiera, pero que sólo un genio puede convertir en una obra maestra, como El viejo y el mar, de Hemingway, donde: un viejo sale a pescar en una barquita, lucha con un pez durante dos días hasta que lo vence, aparecen los tiburones y se comen el pez, que a todo esto era enorme, y el viejo llega a puerto medio muerto y sin el pez. ¿Quién se atrevería a decir que esa es una buena historia? ¿Quién se atrevería negar que es una novela fantástica? Grandes historias, llenas de épica y requiebros sorprendentes, las encuentras en la barra de cualquier bar, basta con pedirte un café, hacer como que lees el periódico y estar al tanto. Pero luego esas historias hay que saber contarlas, y eso si hablamos de una novela se hace con el lenguaje. Así que no hay una cosa sin la otra. Yo tiendo a ser más indulgente con los estilistas, me gustan mucho los escritores estilistas, aunque esté mal visto. Puedo soportar que la historia no sea genial, si me la cuentan bien, y sí, si me fascinan con el lenguaje. En el polo opuesto, si algo no está bien escrito, ni siquiera puedo considerarlo una historia, así que mal podría decirte si es buena o mala.

P: ¿Qué opinión te merece todo eso que llaman ‘Cultura Pop’?

R. J. C.: La cultura pop es el mundo en que vivimos. No sabría por dónde empezar. No hay nada más pop, por ejemplo, que el hecho de que una pandilla de delincuentes chalados licenciados por Harvard o Esade y empleados por un banco de inversiones o una agencia de calificación de riesgo decida lo que vale nada menos que un estado nación, como Grecia, como Portugal, como España, con el beneplácito de sus astutos dirigentes políticos, los de Grecia, los de Portugal, los de España. Eso antes bastaba para armar el argumento de una novela distópica, una novela que en algún momento podría haber sido considerada “pop”. Pero los tiempos han cambiado, y un despropósito como ese no sólo no resulta sorprendente, sino que como ciudadanos hemos llegado a aceptarlo sin más, con total mansedumbre. Se ha convertido en nuestro contexto, en el aire que respiramos. Antes la cultura pop era algo que podías señalar con el dedo, que era posible diseccionar. Ahora forma parte de nuestra forma de ver el mundo.

P: Si alguien te pidiera que le aconsejaras un título de una novela, ¿cuál sería?

R. J. C.: Hace poco he leído un libro fantástico, no es exactamente una novela, pero he disfrutado mucho: Paseos con mi madre, de Javier Pérez Andújar. Cuenta algunos episodios de su vida en una ciudad que hay al norte de Barcelona, Sant Adrià del Besós, donde él nació y de otras poblaciones cercanas que forman parte del cinturón que rodea Barcelona. Es como una crónica de la Barcelona que queda alrededor de Barcelona, la Barcelona del extrarradio, la de los charnegos, la Barcelona que no fue capital olímpica ni es la capital del diseño ni tampoco nada de todo lo que se empeñan en que sea Barcelona. Ahí tienes historia y lenguaje, las dos cosas. Un libro cojonudo.

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