Misterios, oh! misterios… Charlando con Slavko Zupcic

Slavko Zupcic. Fotografía de Paco Poyato

Empezar a escribir un texto diciendo que un servidor no es muy dado a creer en revelaciones místicas que conducen al éxtasis absoluto, muy normal no es. No presto atención a ese tipo de experiencias como la transverberación. No obstante, reconozco que sí existen momentos en los que algo que va más allá de mi capacidad de raciocinio me “pilla por sorpresa”. A esas extrañas circunstancias prefiero denominarlas “misterios”. A continuación, quisiera relatar un caso que me dejó un tanto desconcertado.

Trabajar en un periódico supone recibir una incontable cantidad de correos electrónicos –como, imagino, en otras tantas profesiones–. Muchos de esos mails son olvidados en la papelera de reciclaje, enviados allí sin prestarles atención. Otros contienen información interesante para nuestro quehacer diario. Sin embargo, existe una tercera categoría que denomino “mails singulares”. Este tipo de correos son los que, no se sabe muy bien cómo ni porqué, nos llaman la atención, los abrimos y quedamos hipnotizados por un poder ancestral: la curiosidad. Uno de esos mensajes que recibí procedía de un sueño hecho realidad. En la calle Honduras, 5574, de Buenos Aires existe un lugar donde descansan algunas de las historias increíbles jamás escritas. Bajo un manto añejo de madera, sillones aterciopelados y lámparas en forma de araña se encuentra un universo literario cuyo nombre respira musicalidad: Eterna Cadencia. Ese es el nombre de una de las librerías más bellas de la capital porteña, punto de encuentro para amantes de la palabra y el papel.

“Nuestra pasión por los libros nos llevó a concretar un sueño, el de concebir una editorial propia, contribuyendo a la felicidad que son los libros”, reza la consigna de esta editorial que, aún no sé cómo, llegó hasta mí. Doy las gracias porque este misterio se presentara ante un confeso bibliófilo y no otro –¿egoísta? claro que sí–. Como no podía ser de otro modo, sentí la necesidad –no sé si imperiosa– de profundizar en su catálogo. Muchos son los títulos que quise llevar a mi redil literario. Pero, tranquilos, dejé a un lado esa obsesiva compulsión de coleccionista y fijé la mirada en tan solo uno: El futuro no es nuestro. Esta obra es una antología de cuentos realizada por Diego Trelles Paz en la que se pueden leer a algunas de las “jóvenes promesas” de la literatura hispanoamericana. El título de esta recopilación creo que refleja a la perfección el momento tan absurdo que vivimos hoy día. La esperanza, o mejor dicho, la falta de la misma, centra parte de los escritos de estos autores que han conformado ya un universo narrativo que admiro. Entre los narradores que se encuentran en la obra destacan nombres como Juan Gabriel Vásquez, Santiago Roncagliolo, Antonio Ortuño, Carlos Wynter Melo… También encontramos entre estos creadores del lenguaje al venezolano Slavko Zupcic, con el que he podido conversar recientemente por pura casualidad –volvemos a esos misterios de la vida–. Escritor, médico y psiquiatra, Zupcic trabaja en el Hospital Provincial de Castellón –ciudad en la que ocupo mi tiempo dándole a la tecla– y acaba de presentar su último trabajo Médicos, taxistas, escritores. Para muchos es un completo desconocido pero, créanme si les digo que su pluma goza de gran prestigio. Si algo he aprendido tras conversar con este venezolano con nombre y apellidos croata es que debemos tener convicción e insistir. De nada vale afligirse si queremos hacer de este mundo un lugar mejor. La literatura sirve en muchas ocasiones como plataforma para hacer efectivos tales objetivos. No es un camino fácil, pues escribir requiere talento, pasión y constancia; pero nada es imposible si tenemos convicción. He aquí nuestra charla:

Pregunta: Un nombre un tanto extraño para ser venezolano, ¿no?

Slavko Zupcic: Mi padre era croata. Llegó a Venezuela en el año 1952 en un barco que partió de Génova y se llamaba Castell’Verde. Llegó como solía pasar en esos tiempos a las tres semanas al puerto de la Guaira. Y de allí luego empezó a trabajar como ingeniero mecánico, dando clases en la universidad… Posteriormente, casóse con mi madre y nacimos dos hermanos. La relación entre ellos no prosperó y mi padre desapareció. Cuando tenía 16 años, y por eso me permito contarlo, no por otra cosa, comencé a construir un padre desde la escritura, un padre literario. De estos cuentos sobre un padre idealizado, un padre ausente pero existente, nació mi primer libro de relatos, que publiqué a los 19 años y que, a pesar de Médicos, taxistas, escritores, sigue siendo uno de mis mejores, si no el mejor, libro de relatos. Después de más de 20 años de su escritura, sigue soportando mi lectura. Se llama Dragi Sol. Después, al año siguiente, vino otro segundo libro de relatos vinculados con la historia paterna titulado Spoloptiva ¿quién te mató?. Y hace como seis años, aproximadamente, una novela Círculo croata, vende otra vez “la burra” de la historia de mi padre.

P: Para aquellos que no te conozcan, a nivel literario, ¿qué dirías para invitarles a leer tu obra?

S. Z.: Mi escritura no es catártica, aunque pudiera serlo. La escritura puede ser terapéutica. Incluso yo, cuando he ejercido como psiquiatra, he recomendado la escritura como terapia, pero mi escritura no es terapéutica. Mi escritura es, sencillamente, la voz que yo mayormente tengo desde los 14 años y es una voz que yo defiendo. Lo que he construido o he pretendido construir y continúo construyendo permanentemente dándole giros a la tuerca de mi vida, enrollándome y desenrollándome, atornillándome a la vida, es explicarme que mi vida funciona a partir de la creencia, de la convicción, de que la literatura es una especialidad médica y la medicina es un género literario. Con esto lo que quiero decir es que no soy un escritor que eventualmente escribe. Yo soy, y ahora empiezo a rizar el rizo, un “medritor”. Yo hago “medritura”, yo estoy en permanente ejercicio de las especialidades que como “medritor” tengo, que son: psiquiatría, medicina del trabajo, narrativa y, me cito a mi mismo –qué horrible!–: “la confección de textos de cinco patas que llamo cuartientos”. Esas son mis especialidades. Muchos pensarán ahora que estoy delirando… Sí, claro que sí –se ríe–. Pero ese es el delirio que me permite trabajar. Si una idea por delirante que sea te permite vivir, salir adelante y no hace daño a nadie, no hay porqué curarla.

P: Muchos te consideran, entre ellos está Diego Trelles, uno de los 30 ó 40 escritores “jóvenes” más importantes de América Latina. ¿Esa afirmación infunde mucho respeto?

S. Z.: En el año 2007, Bogotá era la capital mundial del libro. Hicieron un homenaje casi secreto a García Márquez que no se presentó por allí e hicieron ese gesto de convocar a 39 escritores menores de 39 años. En esa lista están incluidos muchos de los nombres de El futuro no es nuestro’ la antología de Diegro Trelles. Otros nombres, incluso, pertenecían a algunos de esos escritores que consideran más sagrados como pueda ser Jorge Volpi y otros que han ido apareciendo alrededor. Es cierto que existe un grupo de escritores latinoamericanos que tenemos, que somos, menores cronológicamente y literariamente que García Márquez y Bolaño, que nos estamos moviendo por ahí con nuestros textos, nuestros libros, nuestras ideas. Hay un grupo, no sé si generación o varias. Y aunque me consideren escritor joven, publiqué mi primer libro hace 20 años. Mi mujer me repite constantemente que soy un hombre del siglo pasado e, incluso, podría ser un escritor del siglo pasado.

P: ¿Cuáles han sido los autores que le indujeron a esto de escribir?

S. Z.: Esta es una pregunta que tiene, y no significa que se mienta, o puede tener una respuesta cada año. Todo depende del estado de ánimo que tenga el lector o de la orientación que en ese momento le quiera dar a su proyecto de vida o su proyecto literario. Cuando a mí me formularon esa cuestión antes de los 20 años yo nombré a Thomas Mann, Herman Hesse, William Faulkner y Cortázar. Cuando me la formularon unos años después, estaba metido en un proyecto en el que quería formar parte del proceso literario venezolano, quería ser un ladrillo de ese proceso y, entonces, nombré a José Balsa, José Rafael Pocaterra y mis amigos Juan Carlos Meldejere, Israel Centeno… a la gente que en ese momento estaba construyendo conmigo un grupo nuevo y novedoso dentro de la literatura venezolana. Yo, en los últimos años desde que comenzó el siglo XXI, agradezco mucho la obra de los autores que me permitieron entender que soy un “medritor”. Para mí, estos autores son fundamentalmente dos: Alfred Döblin con su obra Berlin, Alexanderplatz, aunque no solo por esa novela, sino con una charla que ofreció tres años después el propio autor y se podía conseguir como un documento adjunto y decía que la escritura de esa novela hubiera sido imposible sin el trabajo y sin el trato diario de sus pacientes. La segunda referencia que me ha permitido convertirme en “medritor” es, sin lugar a duda, Carlo Levi, pintor, médico, músico, escritor y político, autor de la obra Cristo si è fermato a Eboli (Cristo se detuvo en Eboli). ¿Por qué? Hay una parte de mi vida que está anclada permanentemente en Italia, por algunos años que viví allí, por mi mujer y mis hijos que son italianos y el italiano es el idioma de la casa en que yo habito… pero no solo por ello, sino porque siendo yo médico, pensando que nunca iba a ejercer la medicina cuando a Carlo Levi lo exhilian a un lugar en el sur de Italia que quedaba un poco más allá donde Cristo se había detenido, vienen algunos seres humanos, algunos pacientes, vestidos del negro que en aquel momento pintaba en el sur de Italia y que en ocasiones todavía lo pinta, y lo obligan a ejercer la medicina. Obligándolo a ello, lo ganan para la literatura, porque gracias a ese momento en el que él pasa de dandy político, confinado en la parte más oscura y remota de su propio país, pasa a ser médico y se convierte en el escritor que escribe la novela Cristo si è formato a Eboli.

P: ¿Alguna recomendación para aquellos que quieran dedicar su tiempo a la literatura?

S. Z.: Yo no estoy para dar consejos, porque todavía los estoy pidiendo. Sin embargo, recuerdo a alguien que me dio uno sin yo pedírselo, Sergio Pitol. En algún taller casi instantáneo en el que fui su discípulo, ese maestro de la escritura, me aconsejó insistir. Insistir es sigue escribiendo. Así como existen médicos que le dicen al paciente: “enfermo estás enfermo” –y parece una perogrullada–, al escritor siempre hay que decirle: “escritor sigue escribiendo”. Pero escribiendo como lo pedían Borges y Quiroga, como si nadie te fuese a leer. Escribiendo, escribiendo, escribiendo… No para publicar ni ganar concursos. La literatura es una forma de vida y la escritura y “medritura” son procesos en los que se va atornillando esta forma de ver y de pensar en el árbol de la vida. Todos los días hay que ponerle un granito, una gota, a este proceso, a pesar de los contratiempos.

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