Lo bueno, si es breve…

En los tiempos que corren, donde el “sálvese quien pueda” se ha convertido en una máxima y los escrúpulos parecen haber sido engullidos por alimañas de toda índole, creo más necesario que nunca recuperar esas historias que hacen de la moralidad su bandera. Las moralejas de antaño, narraciones que incidían en el buen modo de comportarse y que nos hacían creer en esa cosa abstracta llamada justicia, han sido sustituidas por historias sin sentido aparente, vacías de contenido y con una pizca de morbosidad que aún no acabo de comprender. Esta dirección que muchos autores han tomado viene fundamentada por el bien del espectáculo y del negocio (o, simplemente, por el puro negocio). No obstante, aún existen escritores y periodistas que sorprenden por su atrevimiento a la hora de conducir al lector hacia un debate moral. Son pocos, pero algo es algo.

Por otro lado, siempre podemos releer las escrituras de otras épocas. Con esto no quiero parecer un santurrón que se las da de listo y que promulga a los cuatro vientos aquello de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Sin embargo, creo que las historias con moraleja eran más numerosas e importantes años ha. Dentro de este apartado, podemos llegar a encontrar plumas que, además de procurar experiencias sobre la honradez y la decencia, gozan de un sentido del humor exquisito. Uno de esos autores lúdicos es William Sydney Porter, más conocido por su pseudónimo O. Henry.

O. Henry pasará a la posteridad (si no lo ha hecho ya) por ser uno de los escritores que mejor captaron la esencia de una ciudad tan grotesca y maravillosa como es Nueva York. A través de sus relatos somos testigos de esa particular forma de vida que hace del neoyorquino un ser humano poco común (entre lo canallesco y la distinción y elegancia más absoluta). Gracias a la editorial Traspiés he podido disfrutar (ese es el verbo preciso, aunque no suene tan “culto”) de la imaginación y gracia de O. Henry. La lectura de La voz de Nueva York, ese compendio de doce relatos fantasiosos y fantásticos, me ha procurado momentos de gran placer y sonrisas varias. Tras adentrarse uno en esa sorpresiva forma de entender la vida, coincido con muchos otros en decir que Porter es uno de los grandes maestros del relato breve.

La grandeza de lo breve es algo que aún me deja perplejo. ¿Cómo decir tanto con tan poco? ¿De dónde surge esa inspirada gracia? ¿Cuál es el secreto para alcanzar la perfecta combinación de palabras? Perdonen mi osadía al confesar mi total ignorancia en estas artes. Siempre fui aprendiz de todo y nada. Por eso, cuando leo relatos como los que escribió en su día O. Henry siento envidia y admiración al mismo tiempo. Esos entrañables, paródicos, hilarantes y corrosivos textos, que desprenden una desbordante imaginación, son parte esencial de aquello que denomino “la sal de la vida”. Sin ellos, todo resultaría aburrido, soporífero, carente de significado. Quizá por eso, sienta cierta predilección por esos escritores de la comedia satírica, amantes de lo absurdo y soñadores despiertos. O. Henry es uno de esos creadores mágicos, a mi entender. La voz de la ciudad, El fuego de Plutón, El asesino de tontos, La revelación de Dougherty, La derrota de la ciudad, Mil dólares, Mientras el auto espera, El heraldo, El toque de corneta, Extraditada de Bohemia, La vida completa de John Hopkin, y Una comedia elástica son los títulos de los relatos que comprenden La voz de Nueva York, una obra que no tiene desperdicio alguno y donde, nuevamente, nos topamos con un autor enamorado de esa Gran Manzana tan paradójica y fascinante.

William Sydney Porter

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