¡Viva la fantasía!

Introitus lapidis, renombrada ahora como Stone junction. Una epopeya alquímica, es el título de una “señora” novela escrita por un autor del que nada sabía y que ahora adoro: Jim Dodge. Resulta curioso cuántas veces uno logra sorprenderse ante la aparición de literatos a lo largo de su vida. (Re)Descubrir autores es algo que para un servidor no tiene precio, puesto que supone una importante inyección de nuevas aventuras y numerosos momentos mágicos que quedan grabados en mi memoria para siempre –a no ser que un terrible accidente o el paso del tiempo mermen esa capacidad–. En este caso, el de Dodge, debo decir que fue un flechazo, amor a primera vista. Quizá esa inquietud que creo caracteriza al 99,9% de los seres de este planeta, fuera la causa de que indagara en los catálogos de un sinfín de editoriales y me topara con un título tan interesante como este que Alpha Decay rescató del olvido. ¡Y menos mal! De pronto, sentí la necesidad de escrutar sus entresijos y viajar a quién sabe dónde –esa es parte de la esencia de la literatura, su libertad–. El atrevimiento, por mi parte, mereció la pena. Si alguien me pidiera que explicase el contenido de esta novela publicada en 1990, probablemente acabaría con esa expresión de no haber entendido ni una sola palabra. La razón nada tiene que ver con que sea ininteligible, más bien por la cantidad de personajes, tramas y aventuras que en ella cobran vida. Así, es harto difícil resumir su esencia en cuatro sencillas frases –y ya sé que vivimos en un mundo donde el tiempo apremia, pero mejor tomarlo con calma, ¿no?–.

Thomas Pynchon, ese literato escurridizo y genial, es el encargado de adentrarnos poco a poco en los enigmas que rodean la vida de Daniel Pearse, el protagonista de esta creación de Dodge. Con esta presentación, lógico que el contenido de Stone Junction sea extraordinario, lleno de matices y sorpresas que logran algo formidable, como es detener el tiempo durante su lectura. Confieso que leí la novela entre ciudades, durante un viaje de ida y vuelta en tren de unas diez horas –¿por qué se lee tan bien cuando uno viaja en tren?–. Apenas me enteré de lo que sucedía a mi alrededor, ni las paradas que realizamos, ni nada. La historia me absorbió de principio a fin gracias a una combinación suculenta de fantasía y excelente calidad literaria, cosa que hace extremadamente difícil no “alucinar” con ella.

La historia comienza con una joven adolescente, problemática y dura, embarazada y asustada, que está recluida en un convento por haber delinquido y cuya madre superiora intenta por todos los medios convencerla para dar al hijo que espera en adopción. Debido a su tesón y fuerza, la joven se negará en rotundo y propinando un puñetazo cargado de profunda rabia en el rostro de la monja, huirá. Esta mujer, una superviviente en toda regla, da a luz a un niño que vivirá una infancia poco común. Daniel crece en un ambiente que nada tiene de convencional. Es feliz junto a su madre, hasta que el amor llegó a la puerta de ella y, por causas que no desvelaré aquí, deben emprender una huída por varios puntos de la geografía norteamericana. Finalmente, Daniel quedará huérfano siendo aún un adolescente y una curiosa Alianza de Magos –hete aquí parte de la esencia de la novela– lo acogerá en su seno. Sin embargo, esa organización no solo está conformada por magos únicamente. En ella trabajan ladronzuelos, expertos en disfraces, jugadores de póker profesionales, estafadores… Ellos serán los maestros del joven Daniel, quien al parecer posee una serie de virtudes poco comunes y al que preparan para una misión especial: el robo de un diamante –quién sabe si la Piedra Filosofal–. “La sabiduría consiste en no saber más de lo que necesitas”, le insisten al chico una y otra vez. Sin embargo, su curiosidad va a más y necesita respuestas. Daniel busca al culpable de la muerte de su madre en un mundo en el que, como bien remarcan desde la editorial, “la venganza, la traición, la revolución, las sustancias químicas alucinógenas, la magia y el asesinato se imponen como norma”. Difícil no “subirse al carro” de esta aventura, ¿no? Jim Dodge, todo un genio.

Jim Dodge

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