
El graznido de un cuervo. La niebla posándose, ingrávida, sobre las cimas de las montañas. El rocío impregnando las hojas de los fresnos, testigos mudos de un silencio que todo lo invade; un silencio que es, en realidad, una llamada, un anhelo hacia algo que nos conmueve y nos reconforta.
La historia de Canfranc, la de su estación, es rica en misterios. Hay en el lugar una especie de aura que se siente y eriza la piel, como el vestigio de un pasado legendario que se resistiera a desaparecer. Fue allí, en ese escenario, donde Pascal Quignard recibió en 2023 el Premio Formentor de las Letras. Pocos lugares podían resultar tan propicios para acercarse a su obra.
La del autor francés no es una literatura «de masas». Tampoco quisiera caer en la tentación de definirla como «intelectual» o «elitista». Más bien me inclino a pensar que su proyecto literario permanece ligado a la emoción de lo arcaico, a la búsqueda de aquello que hemos dejado atrás sin que haya desaparecido del todo. Sus libros abren una puerta hacia un ayer que no deja nunca de estar presente y que, sin embargo, parecemos haber olvidado.
Su manera de entender la literatura, la palabra y el proceso de escritura tiene algo de salvaje, si entendemos ese salvajismo como un despojamiento de lo artificial y artificioso. Quignard vuelve una y otra vez hacia la naturaleza, hacia el animal, hacia el canto, hacia aquello que existe antes de que el lenguaje venga a nombrarlo. No parece buscar en ellos un refugio, sino un origen.

Pascal Quignard horada el lenguaje, la palabra, para descubrir de dónde vienen. De ahí esa búsqueda etimológica que atraviesa buena parte de su trayectoria literaria. En las palabras busca sus estratos, sus huellas, aquello que todavía permanece vivo bajo el uso. Y es quizá allí donde se encuentran algunos de los grandes asuntos de su obra: el misterio del lenguaje, el de la música, el de ese instante remoto en que un sonido se convierte en canto y una lengua, al escribirse, cae en el silencio.
Gracias a la organización del Premio Formentor tuve la fortuna de conversar con él en Canfranc sobre algunos de los aspectos de su obra que, desde que comencé a leerlo, más me han inquietado y fascinado. He aquí nuestra charla, publicada ahora después de tres años de espera y reposo, de silencio.
Pregunta: En Sobre la idea de una comunidad de solitarios escribe: «Un extraño silencio de la lengua. A eso se llama escribir». Y en Las lágrimas dice: «Escribir no consiste para nada en bendecir». ¿Es la escritura un ejercicio para usted o más bien una liberación?
Pascal Quignard: La escritura nace de un misterio. Durante miles de años, la lengua iba de la boca al oído; con la invención de la escritura, de pronto, cae en el silencio. La lengua se convierte en objeto. Por eso el silencio y la literatura están tan estrechamente ligados.
Cada mañana escribo al despertarme, en la cama, al amanecer, cuando llega el sol. Todo entonces sale de mis sueños. Tal vez por la noche haya una influencia más directa de lo vivido, pero por la mañana no: por la mañana soy como un niño recién nacido. Más que una liberación, escribir es una manera de permanecer en ese silencio, de esconderme en el trabajo.
«El primer canto está en la naturaleza»
P: Pierre Bergounioux escribe en La huella que «la realidad, cuando pensamos en ella, aflige y desencanta». ¿Por eso nos sumergimos en la ficción, en la fantasía de los relatos?
P. Q.: No lo diría en términos de evasión. Lo que me perturba, más bien, es la repetición infinita de lo peor. La guerra, el retorno de la guerra, me ha conmovido profundamente. Al principio quise seguir la actualidad, pero después la verdadera pregunta fue otra: ¿qué es lo más actual? ¿La repetición histórica de lo peor o el magnífico retorno de las estaciones, de la naturaleza, del horario de las mareas? Eso es lo que me obsesiona.
P: He sido padre recientemente, de una pequeña que es para mí un milagro. La veo, la contemplo y la escucho con atención y, al hacerlo, me pregunto: ¿es el llanto la primera palabra?
P. Q.: El llanto de un niño sería más bien música. El origen del lenguaje sigue siendo para mí un misterio. Necesito buscar sin cesar la etimología, porque no comprendo verdaderamente una palabra si no busco de dónde viene, de dónde surge en la naturaleza. Y eso continúa siendo un misterio.
Tal vez ahí sea donde la música y la literatura se acercan más: ambas mantienen una relación con el silencio. El libro escrito es un libro silencioso.
P: ¿Y es la palabra algo ajeno al mundo?
P. Q.: No. La primera palabra, o el primer canto, se encuentra en cualquier caso en la naturaleza.
Los naturalistas se preguntan qué impulsa al ruiseñor a cantar en el corazón de la noche. ¿Es la extrema oscuridad? ¿Es el silencio lo que despierta su canto? ¿Es una llamada del sol? ¿Es un sufrimiento? No lo sabemos.
Pero el primer canto está ahí, en la naturaleza.

P: Hay imágenes que se suceden en su obra, que se repiten. ¿En la reescritura uno sigue ahondando, horadando más el lenguaje?
P. Q.: Es muy simple: es la esencia del barroco. Consiste en poner unas cosas al lado de otras, con todos los contrastes posibles, y así crear la emoción. En hacer también que cada capítulo resulte desconcertante con respecto al anterior.
Es el mundo de las imágenes que compartimos. Lo compartimos también con los animales. Como decía antes a propósito del ruiseñor, los sonidos de la naturaleza son asimismo manifestaciones de ese mundo.
Yo trabajo como un músico: compongo de oído. Y todo lo que no me gusta, lo corto. Lo corto.
«El silencio y la literatura están estrechamente ligados»
P: Mi primera entrevista profesional fue con Jordi Savall, a quien admiro profundamente. Tanto él como usted recuperan textos antiguos, músicas del pasado. ¿Qué hay en el pasado que tanto le atrae?
P. Q.: Es una pregunta difícil, pero muy hermosa. Me gusta mucho trabajar con Jordi Savall, que es un gran amigo. Damos juntos dos conciertos al año. Los hacemos, sobre todo, por amistad.
Me gusta hacer revivir a músicos que no son conocidos en absoluto. A veces apenas contamos con unas pocas líneas biográficas sobre ellos, y para mí eso abre también una posibilidad de invención.
Pero hay además otra cosa: la enorme pasión que siento por la literatura japonesa. Obtengo efectos muy lejanos del antiguo Japón que me permiten, a su vez, hacer revivir a músicos franceses. Eso me ha permitido escribir centenares de leyendas.
No sé si eso responde a su pregunta.
P: Adam Zagajewski escribió: «Cuidar el mundo: leer un poco, escuchar algo de música». ¿Qué opina sobre ello?
P. Q.: Es muy hermoso. Pero yo sería más modesto.
Creo que hay que cuidar la tierra, cuidar la naturaleza, cuidar a los animales. Conservarlos. Conservar todavía algunos cantos en la noche.
En el fondo es el mismo pensamiento, pero quizá expresado de una manera más humilde.
P: Paul Celan, si no me equivoco, le impulsó a traducir del griego. ¿Es la escritura una traducción de uno mismo? ¿Un ejercicio de inmersión, de comprensión y de interpretación de los estados emocionales, del alma?
P. Q.: Es muy, muy rica su pregunta. No sé si diría exactamente que es así. Pero lo que usted dice se aproxima, de lejos, a lo que podría ser uno de los grandes asuntos de la traducción.
Celan quería que tradujera a uno de los escritores más difíciles de la literatura griega: Licofrón. Creo que fue por eso. Y él mismo traducía. Me parece completamente natural querer traducir.
Me he dado cuenta de que, cuando existe una traducción, está en ella la vida del traductor: está en el texto que traduce y está también en el modo en que lo ha traducido.
Celan eligió además un nombre con el que podía esconderse. Hay en francés ese juego con Celan, celant: alguien que oculta, alguien que se esconde.
Su suicidio me afectó mucho, muchísimo. Me afectó incluso en lo que escribo, porque se arrojó al Sena y muchos de mis héroes —Boutès u otros— son hombres que se arrojan al agua, hombres que se sumergen.